La Revolución rusa


El término Revolución rusa agrupa a todos los sucesos que condujeron al derrocamiento del régimen zarista y a la instauración preparada de otro, leninista, a continuación, entre febrero y octubre de 1917. En gran medida inducida por la Primera Guerra Mundial,  la Revolución rusa fue un acontecimiento decisivo y fundador del "corto siglo XX"  abierto por el estallido del macroconflicto europeo en 1914 y cerrado en 1991 con la disolución de la Unión Soviética. Objeto de simpatías y de inmensas esperanzas por unos (Jules Romains la describió como "la gran luz en el Este" y François Furet como "el encanto universal de octubre"), también ha sido objeto de severas críticas, de miedos y de odios viscerales. Sigue siendo uno de los acontecimientos más estudiados y más apasionadamente discutidos de la historia contemporánea.

Situación de Rusia antes de la revolución de 1905

Previamente a 1917, el antiguo Imperio ruso se regía bajo un régimen zarista, autocrático y represivo desde hacía tres siglos cuando, en 1613, se instauró en el país la Dinastía Románov.
La abolición de la servidumbre promulgada en 1861 por parte del zar Alejandro II fue la primera muestra de las fisuras del antiguo sistema feudal. Una vez liberados, los antiguos siervos se desplazaron a las ciudades, convirtiéndose así en mano de obra industrial.
A comienzos del siglo XX, el desarrollo de la industria rusa era cada vez mayor, favoreciendo el crecimiento de las ciudades y una creciente efervescencia cultural: el antiguo orden social se tambaleaba, agravando las dificultades de los más pobres. Las industrias florecían, y la creciente clase obrera se aglutinaba principalmente en las ciudades pero la prosperidad del país no había tenido beneficio alguno para la población.
La economía en su conjunto seguía siendo arcaica. El valor de la producción industrial en 1913 era dos veces y media menor que el de Francia, seis veces menor que el de Alemaniay catorce veces menor que el de Estados Unidos. La producción agrícola continuaba siendo deficiente y la falta de transportes paralizaba cualquier intento de modernización económica.  El PIB per cápita en aquella época era inferior al de Hungría o al de España y aproximadamente suponía una cuarta parte del de Estados Unidos.  Además, el país estaba dominado sobre todo por capital extranjero, poseyendo este casi la mitad de las acciones rusas. El proceso de industrialización fue violento y mal aceptado por los campesinos que habían sido bruscamente proletarizados. La clase obrera naciente, aunque numéricamente pequeña, se concentraba en las grandes zonas industriales, lo que facilitó la creciente conciencia revolucionaria. 
El Imperio Ruso seguía siendo un país esencialmente rural (el 85 % de la población vivía en zonas rurales). Si bien una parte de los campesinos, los kuláks, se había enriquecido y constituido una especie de clase media rural con el apoyo del régimen; el número de campesinos sin tierra había aumentando, creando así un auténtico proletariado rural receptivo a ideas revolucionarias. Incluso después de 1905, un diputado de la Duma señaló que en muchos pueblos, la presencia de chinches y cucarachas en los hogares se percibía como signo de riqueza. 

Tras la escolarización llevada a cabo unos años antes, algunos obreros habían sido conquistados por los ideales marxistas y otros pensamientos revolucionarios. Sin embargo, el poder zarista se mostró inmóvil. En los siglos XIX y XX, varios movimientos organizados por miembros de todas las clases sociales (estudiantes u obreros, campesinos o nobles) trataron de derrocar al gobierno sin éxito. Algunos, recurrieron al terrorismo y a los atentados políticos, convirtiéndose los movimientos revolucionarios en objeto de dura represión llevada a cabo por la todopoderosa Ojrana, lapolicía secreta del zar. Muchos revolucionarios fueron encarcelados o deportados, mientras que otros lograron escapar y unirse a las filas de los exiliados. Desde esta perspectiva, la Revolución de 1917 es la culminación de una larga sucesión de pequeñas revueltas. Las reformas necesarias, que ni las insurrecciones campesinas, los atentados políticos y la actividad parlamentaria de la Duma habían logrado, desembocaron en una revolución impulsada por el proletariado.
En 1905, tuvo lugar una primera revolución tras la derrota rusa ante Japón en la guerra Ruso-Japonesa. El 22 de enero, se convocó una manifestación en San Petersburgo para exigir reformas al zar Nicolás II, siendo esta duramente reprimida, en lo que se conoce como el Domingo Sangriento. Se trató de un intento del pueblo ruso de liberarse de su zar y se caracterizó por los levantamientos y la huelga por parte de los trabajadores y los campesinos. Estos formaron los primeros órganos de poder independientes de la tutela del Estado: los sóviets.

Revolución de Febrero de 1917

Las sucesivas derrotas rusas en la Primera Guerra Mundial fueron una de las causas de la Revolución de Febrero. En el momento de entrada en la guerra, todos los partidos políticos se mostraron favorables a la participación en la contienda, con la excepción del Partido Obrero Socialdemócrata, el único partido europeo junto al Partido Socialista del Reino de Serbia que se negó a votar los créditos de guerra, pero advirtió que no trataría de sabotear los esfuerzos provocados por la guerra. Tras el comienzo del conflicto y después de algunos éxitos iniciales, el Ejército ruso tuvo que soportar severas derrotas (en Prusia Oriental, en particular). Las fábricas no se mostraron lo suficientemente productivas, la red ferroviaria era ineficiente y el suministro de armas y alimentos al Ejército fallaba. En el Ejército, los partes batían todos los récords: 1.700.000 muertos y 5.950.000 heridos, estallando disturbios y decayendo la moral de los soldados. Estos soportaban mes a mes la incapacidad de sus oficiales, hasta el punto de suministrar a unidades de combate munición no correspondiente con el calibre de su arma y la intimidación y los castigos corporales utilizados en la misma.
La hambruna se extendió y las mercancías comenzaron a escasear. La economía rusa, que antes de la guerra contaba con la tasa de crecimiento más alta de Europa,  se encontraba aislada del mercado europeo. El Parlamento ruso (la Duma), constituida por liberales y progresistas, advirtió al zar Nicolás II de estas amenazas contra la estabilidad del Imperio y del régimen, aconsejándole formar un nuevo gobierno constitucional. El zar no tuvo en cuenta esta advertencia y perdió el liderazgo y el contacto con la realidad del país. La impopularidad de su esposa, la emperatrizAlejandra, de origen alemán, aumentó el descrédito del régimen, hecho confirmado en diciembre de 1916 con el asesinato de Rasputín, asesor oculto de la emperatriz, por parte del príncipe Félix Yusúpov, un joven noble.
Desde 1915-1916, proliferaron diversos comités que se hicieron cargo de todo aquello que el deficiente Estado ya no asumía (abastecimiento, encargos, intercambios comerciales...). Junto a lascooperativas o los sindicatos, estos comités se convirtieron en órganos de poder paralelos. El régimen ya no controlaba el "país real". 
El mes de febrero de 1917 reunió todas las características necesarias para una revuelta popular: invierno duro, escasez de alimentos, hastío hacia la guerra... Se inició con la huelga espontánea de los trabajadores de las fábricas de la capital, Petrogrado, a principios de dicho mes. El 23 de febrero (8 de marzo según el calendario gregoriano),  Día Internacional de la Mujer, las mujeres de Petrogrado se manifestaron para exigir pan. Recibieron el apoyo de los obreros, encontrando estos una razón para prolongar su huelga. Ese día, pese a que se produjeron algunos enfrentamientos con la policía, no hubo ninguna víctima.
Los días siguientes, las huelgas se generalizaron por todo Petrogrado y la tensión fue en aumento. Las consignas, hasta el momento más discretas, se politizaron: "¡Abajo la guerra!", "¡Abajo la autocracia!".  En esta ocasión, los enfrentamientos con la policía se saldaron con víctimas para ambas partes.  Los manifestantes se armaron sustrayendo armas de los puestos de policía. Tras tres días de manifestaciones, el zar ordenó la movilización de la guarnición militar de la ciudad para sofocar la rebelión. Los soldados resistieron las primeras tentativas de confraternización y mataron a muchos manifestantes. Sin embargo, durante la noche, parte de la compañía se sumó progresivamente a los insurgentes, que pudieron de esta forma armarse más convenientemente. Entre tanto, el zar, sin medios para gobernar, ordenó disolver la Duma y nombrar un comité interino.
Todos los regimientos de la guarnición de Petrogrado se unieron a la revuelta. Fue el triunfo de la revolución. Bajo la presión del Estado Mayor, el zar Nicolás II abdicó el 2 de marzo: "Se deshizo del imperio como un comandante de un escuadrón de caballería." Su hermano, el gran duque Miguel Aleksándrovich, rechazó al día siguiente la corona. Fue el fin del zarismo y se produjeron las primeras elecciones al sóviet de los trabajadores de la capital, el Sóviet de Petrogrado. El primer episodio de la revolución se había saldado con más de un centenar de víctimas, principalmente manifestantes, mas la caída rápida e inesperada del régimen, con unas pérdidas humanas relativamente pequeñas, suscitó en el país una ola de entusiasmo y liberación.
La dualidad de poderes 
El periodo posterior a la abdicación del zar fue a la vez confuso y entusiasta. El gobierno provisional sucedió al zarismo rápidamente, mientras que la revolución ganaba profundidad y la masa de trabajadores y campesinos se politizaba.
Los sóviets, nacidos de la voluntad popular, no se atrevieron a contradecir de primeras al gobierno provisional, pese a su inmovilidad y su actuación en la guerra. Sin embargo, el pequeño Partido Bolchevique, liderado por Lenin, quien impuso una radicalización estratégica, se hizo portavoz del creciente descontento general y se convirtió en depositario de las aspiraciones populares, mientras que los partidos revolucionarios rivales se desacreditaban entre ellos, alimentando así el peligro contrarrevolucionario.

«El país más libre del mundo»

La caída de la monarquía se sintió como una liberación sin precedentes. En Rusia se abrió un periodo de intensa alegría popular y de fermentación revolucionaria. Un frenesí por hablar y exponer las ideas propias se instaló en todos los estratos sociales. Las reuniones fueron diarias y los oradores se sucedían de manera casi interminable. Se multiplicaron los desfiles y las manifestaciones. Decenas de miles de cartas, con direcciones y peticiones se enviaban cada semana desde todos los puntos del territorio para dar a conocer el apoyo, las quejas o las reclamaciones del pueblo. Se dirigían principalmente al nuevo Gobierno provisional y al Sóviet de Petrogrado.
Más allá de las expectativas inmediatas, lo que dominaba era el rechazo a toda forma de autoridad, lo que permitió a Lenin hablar de la Rusia de aquellos meses como «el país más libre del mundo», como describió Marc Ferro:
En Moscú, los trabajadores obligan a su patrón a aprender las bases del futuro derecho obrero; en Odesa, los estudiantes dictaban a su profesor el nuevo programa de historia de las civilizaciones; en Petrogrado, los actores sustituyeron a su director de teatro y escogieron el próximo espectáculo; en el ejército, los soldados invitaban al capellán a sus reuniones para que este diera sentido a sus vidas. Incluso los niños menores de catorce años reivindicaban el derecho de aprender boxeo para hacerse escuchar ante los mayores. Era el mundo al revés. 
Estas primeras semanas llenas de esperanza y generosidad fueron muy violentas, tanto en las ciudades como en las zonas rurales. Ninguna represalia, oficial o espontánea, se tomó contra los antiguos siervos del zar, teniendo incluso derecho estos a trasladar su residencia o exiliarse. El Gobierno provisional abolió la pena de muerte, ordenó la apertura de las prisiones, permitiendo el retorno de los exiliados por cualquier motivo (incluido Lenin) y proclamó las libertades fundamentales: de prensa, de reunión y de conciencia (en la práctica ya adquirida tras la Revolución de Febrero). El antisemitismo de Estado desaparece; la Iglesia Ortodoxa Rusa, bajo la tutela del Estado desde tiempos de Pedro I el Grande, pudo reunir libremente un consejo que, en el verano de1917, restableció el Patriarcado de Moscú. En el ejército, el Prikaz n.º 1 (Orden Nº 1), expedido por el Sóviet de Petrogrado, prohibió el acoso humillante de los oficiales a los soldados e instauró los derechos de reunión, petición y prensa. 
Por último, la manifestación más clara de la emancipación de la sociedad civil fue, por supuesto, la creación espontánea de los sóviets (consejos) de obreros, campesinos, soldados y marineros, que cubrieron en una semana la práctica totalidad del país. Estas asambleas, que ya habían surgido en 1905, paliaron la escasez de organizaciones habituales en Occidente (partidos, sindicatos...) debida a la represión zarista. Fueron órganos de democracia directa que pretendían ejercer un poder autónomo, y, ante la posibilidad de que el Gobierno Provisional ejerciera unacontrarrevolución, velaron por la preservación y la ampliación de las conquistas de la Revolución de Febrero.

El Gobierno Provisional y los sóviets

La Duma eligió un Gobierno Provisional encabezado por Mijaíl Rodzianko, un ex oficial del zar del Partido Octubrista, monárquico y rico terrateniente. Desde el 15 de marzo, la dirección de dicho gobierno fue tomada por Georgi Lvov, un liberal progresista del Partido Democrático Constitucional.
Por ello, pese a que la revolución había sido encabezada por los obreros y los soldados, el poder estaba en manos de un gobierno provisional dirigido por políticos liberales del Partido Democrático Constitucional (llamado KD o Kadete), el partido de la burguesía liberal. Mas en realidad, era preciso transigir con los sóviets. En las ciudades y pueblos, con el anuncio de la revolución en la capital, se formaron sóviets al tiempo que los notables que dirigían en nombre del zar fueron destituidos. Desde principios de marzo, los sóviets ya estaban presentes en las principales ciudades, dando el salto en abril y mayo a las zonas rurales. Los sóviets eran unas asociaciones donde los trabajadores acudían a discutir sobre la situación y al mismo tiempo un órgano de gobierno.
El programa del Sóviet de Petrogrado recogía el firmar la paz de manera inmediata en la Primera Guerra Mundial, otorgar la propiedad de la tierra a los campesinos, la jornada laboral de ocho horas y el establecimiento de una república democrática. Este programa resultaba inaplicable por la burguesía liberal que asumió el poder tras la revolución, ya que no firmó la paz, ni revisó la propiedad de las tierras ni la jornada laboral.
Además, el Gobierno consideró (así como parte de los dirigentes de los sóviets y de los partidos revolucionarios) que sólo la futura Asamblea Constituyente elegida por sufragio universal tenía derecho a decidir sobre la propiedad de la tierra y el sistema social. Pero la ausencia de millones de votantes que se encontraban combatiendo en el frente retrasó la celebración de las elecciones (sobre todo porque el gobierno continuaba con la guerra). La realización de las reformas fue continuamente aplazada sine die. La situación llegó hasta tal punto que el gobierno se abstuvo de proclamar oficialmente la República antes de septiembre. Tomó así el riesgo de decepcionar peligrosamente a la población. Por añadidura, no podía gobernar sin el apoyo de los sóviets, que contaban con el respaldo y la confianza de la gran masa de trabajadores. 
Los sóviets estaban dominados por los socialistas, los mencheviques y socialrevolucionarios. Los bolcheviques, a pesar de su nombre, eran una minoría. Por aquel momento, los sóviets, incluido el Sóviet de Petrogrado, demostraron un apoyo moderado al Gobierno provisional y no continuaron reclamando las reformas más radicales, lo que obliga a matizar la noción habitual de "dualidad de poderes". La confluencia entre el Sóviet de Petrogrado y el Gobierno provisional cristalizó en la figura de Aleksandr Kérenski, socialrevolucionario, vicepresidente del Sóviet de Petrogrado y Ministro de Justicia y Guerra.
Casi todos los revolucionarios, especialmente los de la escuela marxista, creían que la revolución proletaria era prematura en un país económicamente atrasado y rural. En su opinión, Rusia solo estaba preparada para una revolución burguesa, ya que el proletariado era demasiado débil y muy reducido. La revolución debía limitarse primeramente a las tareas que el análisis marxista asignaba a la revolución burguesa, cumplidas por la Revolución Francesa en 1789: el fin del feudalismo y la reforma agraria. Desde este punto de vista, los sóviets se concebían como "fortalezas proletarias" ubicadas en el corazón de la "revolución burguesa"  para velar por la realización de las reivindicaciones populares, y posteriormente, preparar la transición al socialismo, previniéndose de una contrarrevolución monárquica o de una ruptura con la burguesía.
Pese a ello, esto no respondió a la urgencia que las masas demandaban para ver colmadas sus aspiraciones. Los partidos revolucionarios corrían el peligro de incurrir en el mismo descrédito popular que el Gobierno provisional.

Las crisis repetitivas 
Los días de abril 

A pesar de la voluntad popular de poner fin a la guerra, la participación en la Primera Guerra Mundial no varió. En abril, la publicación de una nota secreta del gobierno a sus aliados, diciendo que no pondrían en peligro los tratados zaristas y que continuarían con la guerra, provocó la ira entre los soldados y los trabajadores.  Las manifestaciones a favor y en contra del gobierno causaron los primeros enfrentamientos armados de la revolución, obligando a la renuncia del Ministro de Relaciones Exteriores, el historiador Pável Miliukov del KD. Los socialistas moderados entraron a continuación en el gobierno, con el apoyo de la mayoría de los trabajadores que creían que podrían ejercer presión para poner fin a la guerra.
Al mismo tiempo, poco después de su regreso a Rusia, Lenin publicó sus Tesis de abril. Continuando con los argumentos expuestos en El imperialismo, estado supremo del capitalismo, afirmó que el capitalismo había entrado en "fase de putrefacción" y que la burguesía ya no era capaz, en los países recientemente industrializados, de asumir el papel revolucionario que ya había desempeñado en el pasado. Para él, solamente se podría detener la guerra y asegurar las conquistas de la Revolución de Febrero dando todo el poder a los sóviets. Lenin se negaba a prestar cualquier tipo de apoyo al Gobierno Provisional y demandó la confiscación de las tierras y su posterior redistribución entre los campesinos, el control obrero sobre las fábricas y la transición inmediata a una república de sóviets.
Estas ideas eran muy minoritarias en el propio seno de los bolcheviques, que se mantenían en una línea común de apoyo al gobierno, llegando el periódico Pravda, dirigido por Stalin y Mólotov, a hablar públicamente de la reanudación del trabajo y la vuelta a la normalidad. Pero con el colapso económico y la guerra en curso, las ideas del partido bolchevique, dirigido por Lenin y por Trotski a partir de verano, fueron ganando influencia. A principios de junio, los bolcheviques ya eran mayoría en el Sóviet de Petrogrado de diputados de obreros y soldados.

Las Jornadas de Julio 

En los primeros meses de 1917, la guerra provocaba un rechazo inferior al de la incapacidad del zar para llevarla con eficacia, unido a la crueldad y la negligencia de los oficiales. El «derrotismorevolucionario» llegó a ser impopular en el propio partido bolchevique. Muchos, y no solo en la élite burguesa rusa, esperaban una explosión patriótica y jacobina contra la Alemania del Káiser, algo así como lo que sucedió tras la caída de la monarquía francesa en 1792, que llevó a la victoria de Valmy y la derrota del enemigo. El ministro de Guerra, Aleksandr Kérenski, un buen orador y muy popular, fue elegido para encarnar ese arranque en los planos nacional y revolucionario.
Por otra parte, la consignas a favor de la paz comenzaban a ser más frecuentes en la retaguardia que en el frente, donde los soldados solían ver a los obreros como privilegiados, y detestaban que se pusiera en tela de juicio la utilidad de los sacrificios que llevaban soportando desde que estalló el conflicto. De hecho, una gran mayoría de los rusos se mostraban a favor de una paz negociada, sin anexiones ni indemnizaciones, pero muchos estaban también dispuestos a dar una oportunidad a una última ofensiva militar. 
Sin embargo, entre febrero y julio, el cansancio y la impopularidad hacia la guerra fueron ganando terreno, así como la propaganda pacifista. La continuación de la guerra creaba una situación muy criticada, ya que era imposible instaurar la jornada laboral de ocho horas sin perjudicar a la producción bélica, o tratar de convocar elecciones para formar la Asamblea Constituyente teniendo millones de soldados en el frente.
El fracaso militar de la Ofensiva Kérenski, puesta en marcha a principios de julio, provocó una decepción general. Tras algunos éxitos iniciales debidos al general Alekséi Brusílov, el mejor comandante en jefe ruso de la Gran Guerra, el fracaso se hizo patente y los soldados se negaron a situarse en primera línea de combate. El Ejército entró en descomposición, las deserciones se multiplicaron, las protestas en la retaguardia se acrecentaron y la popularidad de Kérenski comenzó a degradarse. 
Los días 3 y 4 de julio, se conoció el fracaso de la ofensiva, y los soldados situados en la capital, Petrogrado, se negaron a regresar al frente. Reunidos con los obreros, se manifestaron para exigir que los dirigentes del Sóviet de Petrogrado tomaran el poder. Desbordados por la situación, los bolcheviques se manifestaron en contra de un levantamiento prematuro, argumentando que era demasiado pronto para derrocar al Gobierno provisional: los bolcheviques solamente eran mayoritarios en Petrogrado y Moscú, mientras que los partidos socialistas moderados mantenían una influencia importante en el resto del país. Preferían dejar que el Gobierno prosiguiera con sus actividades para demostrar así su incapacidad para gestionar los problemas suscitados tras la revolución: la firma de la paz, la jornada de ocho horas y la reforma agraria.
El aumento de la reacción 
La represión, sin embargo, se cernió sobre los bolcheviques: Trotski fue encarcelado, Lenin se vio obligado a huir y a refugiarse en Finlandia y el periódico bolchevique Rabochi i Soldat (Obrero y Soldado) fue prohibido. Los regimientos de artilleros que habían apoyado la revolución se disolvieron, siendo enviados al frente en pequeños destacamentos, al tiempo que los obreros eran desarmados. 90 000 hombres tuvieron que abandonar Petrogrado; se encarceló a los «agitadores» y se restauró la pena de muerte, abolida en febrero. En el frente, la reanudación de las hostilidades se inició tras la repentina libertad otorgada por el Prikaz n.º 1 en febrero. Así, el 8 de julio, el general Kornílov, que comandaba las operaciones del frente sudoriental, dio la orden de abrir fuego de ametralladora y artillería contra los soldados que abandonaran el frente. Desde el 18 de junio al 6 de julio, la ofensiva en este frente se saldó con 58 000 muertes, sin éxito.
La reacción aumentó, con el zarismo levantando la cabeza; produciéndose pogromos en las zonas rurales. Kérenski sucedió a Georgi Lvov, monárquico moderado, al frente del Gobierno provisional tras las Jornadas de Julio, pero fue perdiendo progresivamente la consideración de las masas populares y parecía incapaz de contener el crecimiento de la reacción.

El levantamiento de Kornílov 

El general Lavr Kornílov fue nombrado nuevo comandante en jefe por Kérenski. Aunque el Ejército se descomponía, Kornílov encarnaba la vuelta a la disciplina férrea anterior: en abril, dio órdenes de disparar a los desertores y de mostrar los cadáveres con señales en las carreteras, amenazó con penas severas a los agricultores que osaran tomar los dominios señoriales. Kornílov, renombrado monárquico, era en realidad un republicano indiferente a la restauración del zar, y un hombre del pueblo (hijo de cosacos y no aristócrata), lo que era raro en aquella época entre la casta militar. Ante todo nacionalista, deseaba la continuación de Rusia en la guerra mundial, ya fuera bajo la autoridad del Gobierno provisional o sin él. Mucho más bonapartista o incluso prefascista que monárquico, no se convirtió tan rápidamente en la esperanza de las antiguas clases dirigentes, nobleza y alta burguesía, y de todos aquellos que anhelaban un retorno al orden, o simplemente un castigo severo a los bolcheviques derrotistas.
En las fábricas y en el Ejército, el peligro de una contrarrevolución fue tomando forma. Los sindicatos, donde los bolcheviques eran mayoría (pese a la represión), organizaron una huelga que fue seguida de forma masiva. La tensión aumentaba poco a poco, con la radicalización de los discursos de los diferentes partidos. Así, el 20 de agosto, ante el Comité Central del Partido KD, su líder,Pável Miliukov, dijo: «El pretexto lo proporcionarán los motines producidos por el hambre o por la acción de los bolcheviques, en todo caso la vida empujará a la sociedad y a la población a contemplar la inevitabilidad de una cirugía.» La Unión de oficiales del ejército y de la marina, organización influyente en la parte superior del cuerpo del Ejército ruso y financiada por la comunidad empresarial, pidió el establecimiento de una dictadura militar. En el frente, el capitán Muraviov, miembro del Partido Social-Revolucionario, formó varios batallones de la muerte y aseguró que «estos batallones no están destinados a ir al frente, sino a Petrogrado, donde ajustarán cuentas con los bolcheviques». 
A finales de agosto de 1917, Kornílov organizó un levantamiento armado, enviando tres regimientos de caballería por ferrocarril a Petrogrado, con el objetivo de aplastar los sóviets y las organizaciones obreras para devolver a Rusia al contexto bélico. Ante la incapacidad del Gobierno Provisional para defenderse, los bolcheviques organizaron la defensa de la capital. Los obreros cavaron trincheras y los ferroviarios enviaron los trenes a vías muertas, provocando que el contingente se disolviera.
Las consecuencias del intento de golpe fueron importantes: las masas se rearmaron, los bolcheviques pudieron salir de su semiclandestinidad y en julio, los presos políticos, incluido Trotski, fueron puestos en libertad por los marineros de Kronstadt. Para sofocar el golpe, Kérenski solicitó la ayuda de todos los partidos revolucionarios, aceptando la liberación y el rearme de los bolcheviques. Perdió el apoyo de la derecha, que no le perdonaba el haber sofocado el intento de golpe, pero sin obtener al tiempo el de la izquierda, que lo consideraba demasiado indulgente en cuanto a las represalias hacia los cómplices de Kornílov, y mucho menos el apoyo de la extrema izquierda bolchevique, en la que Lenin, desde su escondite, dio la orden de no apoyar a Kérenski y de limitarse a luchar contra Kornílov.

Ebullición popular, explosión campesina y crecimiento de los bolcheviques

Poco a poco, los obreros y los soldados se fueron convenciendo de que no podía haber una reconciliación entre el antiguo modelo de sociedad defendido por Kornílov y el nuevo. El golpe y la caída del Gobierno Provisional, que dio a los sóviets la dirección de la resistencia, fortaleció y reforzó la autoridad y la presencia en la sociedad de los bolcheviques. Su prestigio iba en aumento: apremiados por la contrarrevolución, las masas se radicalizaron y los sindicatos se alinearon con los bolcheviques. El 31 de agosto, el Sóviet de Petrogrado ya era mayoritariamente bolchevique, escogiendo a Trotski como su presidente el 30 de septiembre.
Todas las elecciones fueron testimonio del crecimiento bolchevique: así, en las elecciones de Moscú, entre junio y septiembre, el PSR pasó de 375 000 a 54 000 votos, los mencheviques de 76 000 a 16 000 y el KD de 109 000 a 101 000 sufragios, mientras que los bolcheviques aumentaron de 75 000 a 198 000 votos. El lema «Todo el poder para los sóviets» fue utilizado más allá del ámbito bolchevique, siendo usado por obreros del PSR o por los mencheviques. El 31 de agosto, el Sóviet de Petrogrado y otros 126 sóviets votaron una resolución en favor del poder soviético.
La revolución continuaba y se aceleraba, especialmente en las zonas rurales. Durante el verano de 1917, los agricultores adoptaron medidas, tomando las tierras de los señores, sin esperar a la prometida reforma agraria y retrasada de forma constante por el Gobierno. El campesinado ruso, de hecho, regresó a su larga tradición de grandes levantamientos espontáneos (los bunts), que ya habían marcado el pasado nacional, como las revueltas protagonizadas por Stenka Razin en el siglo XVII o Yemelián Pugachov en tiempos de Catalina II. No siempre violentas, estas ocupaciones masivas de tierras fueron a menudo el escenario de levantamientos espontáneos donde las propiedades de los maestros eran quemadas, llegando ellos mismos a ser maltratados o asesinados. Estos inmensos levantamientos campesinos, sin duda los más importantes de la historia europea, consiguieron que las tierras se compartieran sin que el gobierno condenara ni ratificara el movimiento.
Sabiendo que la «repartición negra» (nombre de la antigua organización naródnik Repartición Negra) estaba cumpliéndose en sus pueblos, los soldados, de origen mayoritariamente campesino, desertaron en masa con el fin de poder participar a tiempo en la nueva distribución de las tierras. La acción de la propaganda pacifista y el desaliento tras el fracaso de la última ofensiva del verano hicieron el resto. Las trincheras se vaciaron poco a poco.
Así, los bolcheviques, a los que todavía se los calificaba en junio como «insignificante puñado de demagogos»  controlaban la mayor parte del país. Desde junio de 1917, en una sesión del 1erCongreso Panruso de los Soviets, Lenin ya había anunciado abiertamente - durante una célebre discusión con el menchevique Irakli Tsereteli - que los bolcheviques estaban dispuestos a tomar el poder, pero que por el momento sus palabras no habían sido tomadas en serio. 
Octubre de 1917 
En octubre de 1917, Lenin y Trotski consideraron que había llegado el momento de terminar con la situación de doble poder. La coyuntura les era oportuna por el gran descrédito y el aislamiento del Gobierno provisional, ya reducido a la impotencia, así como por la impaciencia de los propios bolcheviques.

La insurrección

Los debates en el seno del Comité central del Partido bolchevique con el objetivo de que este organizara una insurrección armada y tomara el poder eran cada vez más intensos. Algunos en torno a Kámenev y Zinóviev consideraban que todavía había que esperar, porque el partido ya estaba asentado en la mayoría de los sóviets, y se encontraría, según su opinión, aislado en Rusia y en Europa si tomaba el poder de manera individual y no dentro de una coalición de partidos revolucionarios. Lenin y Trotski consiguieron superar estas reticencias internas y el Comité aprobó y pasó a organizar la insurrección que Lenin fijó para la víspera del 2º Congreso de los Sóviets, que debía reunirse el 25 de octubre.
Se creó un Comité Militar Revolucionario en el seno del Sóviet de Petrogrado, siendo dirigido por Trotski, presidente del mismo. Se componía de obreros armados, soldados y marineros. Aseguraba el apoyo o neutralidad de la guarnición militar de la ciudad y la preparación metódica de la toma de los puntos estratégicos de la ciudad. La preparación del golpe se hizo prácticamente a la vista de todo el mundo, ya que todos los planes que se ofrecieron a Kámenev y Zinóviev se podían encontrar disponibles en los periódicos, y el propio Kérenski solamente esperaba que el enfrentamiento final que terminara con la situación. 
La insurrección se puso en marcha en la noche del 6 al 7 de noviembre (24 y 25 de octubre según el calendario juliano). Los sucesos se desarrollaron sin apenas derramamientos de sangre. LaGuardia Roja bolchevique tomó, sin resistencia, el control de los puentes, de las estaciones, del banco central y de la central postal y telefónica justo antes de lanzar un asalto final al Palacio de Invierno. Las películas oficiales posteriores elevaron estos sucesos al rango de heroicos, pero en realidad los insurgentes solo tuvieron que hacer frente a una resistencia débil. De hecho, entre las tropas acuarteladas en la ciudad, solamente algunos batallones de cadetes (junkers) apoyaron al Gobierno Provisional, mientras que la inmensa mayoría de los regimientos se pronunciaron a favor del levantamiento o se declararon neutrales. En total, hubo cinco muertos y varios heridos.  Durante el levantamiento, los tranvías continuaron circulando, los teatros con sus representaciones y las tiendas abrieron con normalidad. Uno de los acontecimientos más importantes del siglo XX había tenido lugar sin que prácticamente nadie lo tuviera en cuenta. 
Si un puñado de partisanos había podido tomar el control de la capital ante un Gobierno Provisional que ya nadie apoyaba, el levantamiento debía en ese momento ser ratificado por las masas. Al día siguiente, el 25 de octubre, Trotski anunció oficialmente la disolución del Gobierno Provisional en la apertura del 2º Congreso Panruso de los Sóviets de Diputados de Obreros y Campesinos, con 562 delegados presentes, de los cuales, 382 eran bolcheviques y 70 del Partido Social-Revolucionario de Izquierda). 
Sin embargo, algunos delegados creían que Lenin y los bolcheviques habían tomado el poder ilegalmente, y alrededor de cincuenta abandonaron el congreso.  Estos, socialistas revolucionarios de derechas y mencheviques, crearon al día siguiente un "Comité de Salvación de la Patria y de la Revolución".  Este abandono del congreso se vio acompañado por una resolución improvisada por parte de León Trotski: "El 2º Congreso debe ver que la salida de los mencheviques y de los socialrevolucionarios es un intento criminal y sin esperanza de romper la representatividad de la asamblea cuando las masas intentan defender la revolución de los ataques de la contrarrevolución. Al día siguiente, los sóviets ratificaron la creación de un Consejo de Comisarios del Pueblo(Sovnarkom), constituido en su totalidad por bolcheviques, como base del nuevo gobierno, a la espera de la celebración de una asamblea constituyente. Lenin se justificó al día siguiente ante el representante de la guarnición de Petrogrado de la siguiente manera: "No es nuestra responsabilidad si los socialrevolucionarios y los mencheviques han abandonado el congreso. Nosotros les habíamos propuesto compartir el poder [...] Hemos invitado a todo el mundo a participar en el gobierno". 

El nuevo Gobierno

En las horas siguientes, varios decretos sentaron las bases del nuevo régimen. Cuando Lenin hizo su primera aparición pública, fue ovacionado y declaró: «Vamos a proceder a la construcción del orden socialista».
En primer lugar, Lenin anunció la abolición de la diplomacia secreta y la propuesta a todos los países beligerantes en la Primera Guerra Mundial de entablar conversaciones «con miras a una paz justa y democrática, inmediata, sin anexiones y sin indemnizaciones».
Luego, se promulgó el decreto sobre la tierra: «las grandes propiedades territoriales quedaron abolidas inmediatamente, y sin indemnización alguna». Otorgaba a los sóviets de campesinos la libertad de hacer lo que consideraran, ya fuerasocializar la tierra o repartirla entre los campesinos pobres. El texto confirmaba una realidad ya existente, ya que los campesinos ya habían aprovechado esas tierras durante el verano de 1917. Con esta medida, los bolcheviques consiguieron una neutralidad benevolente por parte de los campesinos, al menos hasta la primavera de 1918.
Por último, se nombró un nuevo Gobierno, denominado Consejo de Comisarios del Pueblo o Sovnarkom. Dicho gobierno aplicó otras medidas, como la abolición de la pena de muerte (a pesar de la reticencia de Lenin, que consideraba esta pena indispensable), la nacionalización de los bancos (el 14 de diciembre), el control obrero sobre la producción, la creación de una milicia obrera, la soberanía e igualdad de todos los pueblos de Rusia, su derecho de autodeterminación, incluida la separación política y el establecimiento de un estado nacional independiente,  la supresión de cualquier privilegio de carácter nacional o religioso, etc. En total, se realizaron las treinta y tres reformas que el Gobierno Provisional había sido incapaz de realizar en ocho meses de mandato.
En 1871, los obreros parisinos habían tomado el poder en la conocida como Comuna de París. Esta primera experiencia de «dictadura del proletariado» (tal y como Friedrich Engels la calificó) había acabado con la matanza de 10 000 a 20 000 miembros de la comuna y con deportaciones en masa. Con el poder controlado en Petrogrado, Lenin y Trotski sabían que no podrían mantener ese poder sin el apoyo de países industriales como Alemania, Francia e Inglaterra; por lo que esperaban mantenerse más que los setenta y dos días que duró la Comuna de París. 

La naturaleza de octubre

Desde las primeras horas del 7 de noviembre hasta la actualidad, varios medios calificaron la Revolución de Octubre como un golpe de Estado de una minoría determinada y organizada que tenía como objetivo dar "todo el poder a los bolcheviques"  y no a los sóviets. L'Humanité, el principal periódico socialista francés, titulaba "Golpe de estado en Rusia que lleva a Lenin y a los "maximalistas" al poder".
El historiador Alessandro Mongil observa además que en los años siguientes, los mismos bolcheviques no dudaban en hablar entre ellos acerca de su "golpe" de octubre (perevorot).  En su autobiografía, Trotski utilizaba los términos "insurrección", "toma el poder" y "golpe de Estado".44 Rosa Luxemburgo, comunista alemana, también habló del "golpe de Estado de octubre". 
Marc Ferro considera que octubre es desde el punto de vista técnico un golpe de estado, pero que no se explica en el contexto de ebullición revolucionaria general en todo el país y en toda la sociedad. La fuerzas populares han dado por lo menos un apoyo tácito a la empresa bolchevique contra un gobierno impotente y ya desacreditado:
A los activistas revolucionarios de 1917, octubre apareció como un golpe de Estado contra la democracia, como una especie de golpe llevado a cabo por una minoría que fue capaz de tomar el poder y mantenerlo. Juicio excesivo, ya que en el II Congreso de los Sóviets, reunido en plena insurrección, hubo una mayoría de los bolcheviques, así como representantes socialrevolucionarios y mencheviques, junto a los futuros líderes del Estado soviético, Lenin, Trotski, Kámenev, Zinóviev, siendo elegidos dirigentes del Presidium. [...] El juicio de los nuevos opositores, mencheviques, populistas y anarquistas, es igualmente parcial en el sentido de que los bolcheviques cumplieron con las prioridades que tras seis meses de lucha y dilaciones, las clases populares exigían: que los jefes militares, los terratenientes, los ricos, los sacerdotes y otros "burgueses" fueran permanentemente expulsados de la Historia. Por el contrario, es innegable que, al haber participado en la insurgencia y ayudado a los bolcheviques a tomar el poder, los soldados, los marinos y los obreros creían que el poder pasaría a los sóviets. Ni por un momento imaginaron que los bolcheviques, en su nombre, conservarían el poder solamente para ellos y para siempre.
Nicolas Werth, refiriéndose a las "paradojas y los malentendidos de octubre", resume de la siguiente manera los debates y la oposición, a menudo no sin segundas intenciones y con un sesgo ideológico:
Para la primera escuela histórica que podría llamarse "liberal", la Revolución de Octubre fue un golpe impuesto por la violencia en una sociedad pasiva, resultado de una hábil conspiración tramada por un puñado de fanáticos disciplinados y cínicos, carentes de toda base real en el país. Hoy en día, casi todos los historiadores rusos, así como la élite culta y los dirigentes de la Rusia postcomunista hicieron suya la vulgata liberal. Privada de toda profundidad social e histórica, la Revolución de Octubre en 1917 fue un accidente que desvió de su curso natural a la Rusia prerrevolucionaria, una Rusia rica, laboriosa y en el camino a la democracia [...]. Si el golpe de Estado bolchevique de 1917 fue un accidente, entonces el pueblo ruso ha sido una víctima inocente. Teniendo en cuenta esta interpretación, la historiografía soviética ha intentado demostrar que octubre fue el resultado lógico, previsible e inevitable, de un itinerario liberador iniciado por las "masas" conscientemente unidas al bolchevismo. [...] Rechazando tanto la divulgación liberal como la marxizante, un tercio de la historiografía actual ha tratado de "desideologizar" la historia, de comprender, como Marc Ferro, que afirma: el levantamiento de octubre de 1917 pudo ser un movimiento de masas en el que solo unos pocos participaron. [...]
Por lo tanto, según este historiador, lejos de "simplismos" liberales o marxistas:
La Revolución de Octubre de 1917 aparece como la convergencia momentánea de dos movimientos: una toma del poder político, resultado de la cuidadosa preparación de la insurrección de un partido radicalmente diferente, por sus prácticas, su organización y su ideología, del resto de actores de la revolución; una gran revolución social, multiforme y autónoma [...] una inmensa revuelta campesina en primer lugar, [...] el año 1917 [fue] un paso de una gran revolución campesina, [...] de una profunda descomposición del ejército, integrado por unos diez millones de soldados campesinos movilizados durante tres años en una guerra cuyo sentido no comprendían [...], un movimiento reivindicativo obrero específico, [...] y un cuarto movimiento que abogaba por la emancipación de las nacionalidades y pueblos alógenos [...]. Cada uno de estos movimientos tenía su propia temporalidad, su dinámica interna, sus aspiraciones, que obviamente no podían ser reducidas a eslóganes bolcheviques ni a la acción política del partido [...]. Durante un breve, pero decisivo momento –a finales de 1917– la acción de los bolcheviques, activa minoría política en medio del vacío institucional, entró en consonancia con las aspiraciones de muchos, aunque a medio y largo plazo, los objetivos de unos y otros fueran distintos.
De acuerdo con su conclusión, en octubre de 1917, "momentáneamente, el golpe de Estado político y la revolución social chocaron de frente, antes de divergir hacia décadas de dictadura". 
Inicios del régimen bolchevique 
Al tomar el poder en Petrogrado, Lenin y Trotski no tenían ninguna intención de construir el socialismo sólo en Rusia, subdesarrollada y atrasada. Esperaban ser la primera victoria obrera de una serie de revoluciones en los países industrializados de Europa, que permitiría a la revolución sobrevivir. Se basaban, en particular, en Alemania, la primera potencia industrial del continente y hogar del movimiento obrero más fuerte y con la organización más antigua del mundo. Trotski dijo en el 2º Congreso de los Sóviets que aprobó la revolución: "O bien la Revolución rusa aumentará el torbellino de la lucha en el oeste, o los capitalistas de todos los países asfixiarán nuestra revolución".
Sin embargo, no fue hasta un año después, cuando una ola revolucionaria que estalló en Alemania (desembocando en la Revolución de Noviembre) y en Hungría (donde se instauró la República Soviética Húngara, dirigida por Bela Kun y que perduró por 133 días). En la vecina Finlandia, la revolución fue derrotada en marzo de 1918, en el transcurso de una Guerra Civil, donde el "terror blanco", con ayuda de Alemania, dejó 35.000 muertos. En enero de 1919 los socialdemócratas alemanes pidieron ayuda a los Freikorps para reprimir la revolución obrera, siendo asesinados Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, dirigentes espartaquistas. Entre 1919 y 1920, otros países como Italia experimentaron huelgas insurrectas. En otros lugares, como en Francia, el Reino Unido o los Estados Unidos, se produjo una ola de huelgas y manifestaciones que no desembocaron en ningún intento revolucionario.
La oleada revolucionaria, más tardía de lo previsto, terminó por retroceder, y el poder bolchevique permanecía aislado como en sus primeros días. Los bolcheviques se enfrentaban en solitario a los inmensos problemas de una Rusia en explosión, donde su toma solitaria del poder no disfrutaba de una aprobación unánime.

Situación económica a raíz de la Revolución de Octubre

La Primera Guerra Mundial había sangrado Rusia, y se llevó gran parte de sus suministros. En las zonas rurales, no había posibilidad de comprar bienes de consumo por el grano, y los agricultores ya habían dejado de suministrar a las ciudades, incluso antes de la Revolución de Febrero. Ya el Gobierno Provisional de Kérenski había procedido a requisar forzadamente las existencias de alimentos para garantizar el suministro de las ciudades, donde la hambruna se había presentado. Al llegar al poder los bolcheviques, intentaron abandonar estas prácticas impopulares, pero por el empeoramiento de la salud y la situación económica, se vieron obligados a utilizarlas de nuevo.
La producción industrial se había visto socavada por la guerra, las huelgas y los cierres patronales. Incluso antes de la llegada de los bolcheviques al poder, ya había caído en tres cuartas partes.  La situación económica, evidentemente, no mejoró tras la invasión de la rica Ucrania por las tropas alemanas, ni tras el embargo impuesto a Rusia en 1918 por las grandes potencias (Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania y Japón), ni por el comienzo de la Guerra Civil.
Por otra parte, Lenin y Trotski, fascinados por el dirigismo económico militarizado establecido por el Estado Mayor de Prusia en Alemania, deseando devolver a los obreros al trabajo siguiendo métodos similares, con el objetivo de poder tener las cosas de cara ante una hipotética contrarrevolución.  Sin embargo, muchos trabajadores no querían renunciar a sus conquistas y volver a los enormes esfuerzos exigidos por el autoritarismo y la guerra. La coerción sobre ellos se convirtió en inevitable. 
La situación se estaba deteriorando drásticamente, provocando en unos meses la práctica desaparición de toda actividad económica en el país. En enero de 1918, la ración media de trigo en las grandes ciudades correspondía a tres libraspor mes. Las empresas debieron cerrar, los obreros no encontraban lo suficiente para comer, bandas de saqueadores vagaban por el campo en busca de alimentos y destacamentos de desertores se enfrentaban al ejército.
Bolcheviques y campesinos: del malentendido al conflicto 
Uno de los primeros decretos del gobierno bolchevique fue la ratificación de la abolición efectiva de las grandes propiedades de tierras, dejando a la iniciativa de los agricultores la repartición o socialización de la tierra. Este decreto entraba en ruptura con el programa bolchevique, que preveía la nacionalización de la tierra.
Para algunos, se trata de una maniobra de los bolcheviques: hábilmente, repitieron durante varios meses parte del programa del Partido Social-Revolucionario, que estos últimos habían sido incapaces de poner en práctica. Marca también un malentendido entre los bolcheviques y los campesinos. Los primeros pretendían aplicar un colectivismo integral, mientras que los segundos aspiraban a la extensión y multiplicación de la pequeña propiedad. Pero con este hecho, los campesinos solo fueron coyunturalmente seducidos por el partido de Lenin, que se mantuvo ante todo como colectivista, urbano y obrerista.
Por el otro lado, los bolcheviques, siempre favorables a las nacionalizaciones, reconocieron que no tenían ni la voluntad ni los medios para imponer sus preferencias a los campesinos. Lenin afirmó:
No podemos ignorar la decisión de la base popular, a pesar de que no estamos de acuerdo con ella... Debemos dar a las masas populares una entera libertad de acción creativa... En definitiva, la clase campesina debe obtener la seguridad firme de que los nobles ya no existen en los campos, y hace falta que los mismos campesinos decidan todo y organicen su existencia.
De hecho, para los bolcheviques, la reforma agraria era lo que se encontraba en el orden del día y no la construcción de una sociedad socialista, que parecía imposible en un país tan pobre. Conscientes de que no podían gobernar sin el apoyo de las masas rurales, la gran mayoría del país, los bolcheviques convocaron del 10 al 16 de noviembre un congreso campesino. A pesar de la presencia de una mayoría socialrevolucionaria hostil a los bolcheviques, este último ratificó el Decreto sobre la tierra y apoyó al nuevo gobierno, consagrando la unión entre el proletariado urbano y el campesinado.
Así, en los meses dificilísimos meses que precedieron al Tratado de Brest-Litovsk, el nuevo poder había conseguido evitar el peligro de enfrentarse a las masas rurales, teniendo en cuenta que tenía que hacer frente a la hostilidad de los zaristas, de los liberales y de la mayor parte de los grupos socialistas. Pero el régimen heredó el catastrófico problema de abastecimiento de las ciudades, que ya había derribado a Nicolás II y a Kérenski. La necesidad de hacer pedidos de cereales para sobrevivir traía consigo el germen de un grave conflicto con el campesinado. Los sóviets organizaron en la primavera de 1918 destacamentos de trabajadores, destinados a llevar a cabo las requisas en el campo, la llamadaprodrazviorstka (en:prodrazvyorstka). La violencia era frecuente en sus métodos y en la resistencia campesina, produciendo a su vez un descenso significativo de la producción agrícola. Posteriormente, los Blancos, a pesar de proclamar el libre comercio, también se vieron obligados a recurrir a las requisas forzadas.

Primeros combates de la Guerra Civil (otoño de 1917)

Si la revolución fue un éxito en Petrogrado, la tentativa de tomar Moscú del 28 de octubre al 2 de noviembre se encontró con una violenta resistencia. Los bolcheviques ocuparon el Kremlin, pero los dirigentes locales de su partido dudaron y firmaron una tregua con la autoridad socialrevolucionaria de la ciudad antes de evacuar el edificio. Las tropas gubernamentales aprovecharon la oportunidad de ametrallar a los trescientos miembros de la Guardia Roja y obreros desarmados que abandonaban el edificio, siguiendo órdenes del alcalde socialrevolucionario 300 Guardias Rojos y de los trabajadores desarmados, bajo las órdenes del alcalde socialista revolucionario Rúdnev. Hizo falta una semana de combates encarnizados antes de que los bolcheviques, conducidos por el joven Nikolái Bujarin, finalmente se apoderaran del Kremlin y tomaran el control de la ciudad. Sus opositores, socialrevolucionarios y monárquicos, dirigieron una represión sangrienta.
El 12 de noviembre, el nuevo poder hizo fracasar la tentativa de reconquista de Petrogrado llevada a cabo por Kérenski y los cosacos del general Krasnov. Por su parte, el Gran Cuartel general (la stavka) del Ejército ruso anunció el 31 de octubre su voluntad de marchar sobre Petrogrado «con el objetivo de restablecer el orden». Reunido de nuevo por los dirigentes del Partido Social-Revolucionario, Chernov y Gots, pero abandonado por sus tropas, el Estado Mayor debió huir el 18 de noviembre.
En las semanas siguientes, miles de junkers (cadetes) y funcionarios como Kornílov, huido, se reunieron en la República del Don. Se formó el Ejército de Voluntarios, dirigido por el general zarista Mijaíl Alexéyev. Reprimió con sangre los levantamientos obreros de Rostov del Don y Taganrog, el 26 de noviembre y el 2 de enero, pero fue desmembrado por la guerrilla de la Guardia Roja llegada a modo de refuerzos desde las dos capitales. Al conocer la derrota de los blancos, Lenin creyó que podía exclamar, a 1 de abril de 1918, que la Guerra Civil había terminado.
Otros combates se llevaron a cabo en Kubán, donde el poder de los sóviets se trasladó a Krasnodar. En cuanto a la sublevación de los cosacos del Ural, se saldó con un fracaso. En el frente rumano, el ejército se dividió en destacamentos blancos, que se unieron al ejército de los blancos de Denikin, y en regimientos rojos.

El problema de la coalición

El 2º Congreso de los Sóviets había aprobado el nombramiento de un gobierno compuesto exclusivamente de bolcheviques, pero para muchos activistas bolcheviques, esta solución no era aceptable. El día después del levantamiento, casi todos los delegados del congreso de los sóviets votaron a favor de una resolución del menchevique Yuli Mártov, apoyada por el bolchevique Lunacharski, donde se pedía al Consejo de Comisarios del Pueblo que se ampliara con representantes de otros partidos socialistas.
Después de acalorados debates en el seno del partido bolchevique, que lo pusieron al borde de la escisión (varios dirigentes dimitieron para denunciar el rechazo a una coalición expresado por Lenin, Zinóviev, Kámenev, Rýkov y Noguín), Lenin, en minoría, se vio obligado a transigir: se negaba a continuar con las negociaciones para formar una coalición con los socialistas, pero estaba de acuerdo en pactar con el Partido Social-Revolucionario de Izquierda, pasando varios miembros de dicho partido a formar parte del gobierno en diciembre de 1917.
Los primeros días de un nuevo Estado
Se comparten diversas opiniones sobre los primeros días tras el cambio de poder en octubre de 1917:
Para algunos, fue el comienzo de una dictadura. Máximo Gorki escribió el 7 de diciembre de 1917: "Los bolcheviques se han colocado en el Congreso de los Sóviets tomando el poder por sí mismos, no por los sóviets. [...] Esto es una república oligárquica, la república de algunos comisarios del pueblo." 
La mañana después del 7 de noviembre, se prohibieron siete periódicos en la capital.  Se trata, según Victor Serge, de siete periódicos que defendían abiertamente la resistencia armada contra el "golpe de fuerza de los agentes delKaiser." Los socialistas conservaron su prensa. Según Victor Serge, la prensa legal menchevique desapareció en 1919, la de los anarquistas hostiles al régimen en 1921 y la de los socialrevolucionarios de izquierda en julio de 1918 a raíz de su rebelión contra los bolcheviques.
Pero los bolcheviques se habían pronunciado, antes de asumir el poder, a favor de la libertad de prensa, incluido Lenin,  y este giro no fue aceptado por muchos bolcheviques. Marc Ferro considera que "contrariamente a la leyenda, la abolición de la prensa burguesa y de las publicaciones socialrevolucionarias no viene ni de Lenin ni de las altas esferas del partido bolchevique", sino que "es el público en forma de insurgencia popular". 
De modo que prácticamente la totalidad de los funcionarios de Petrogrado se declararon en huelga para protestar contra el golpe de Estado, pasando las listas públicas a denunciar a aquellos que se niegan a servir al nuevo poder. El 10 de diciembre, los líderes del KD, que se habían puesto al frente de la resistencia armada al gobierno bolchevique, fueron declarados en estado de arresto. 
Otros creen que la clemencia fue lo que caracterizó a los primeros días del régimen soviético. Los ministros del Gobierno provisional fueron detenidos y liberados rápidamente. La mayor parte había participado en la Guerra Civil en elbando Blanco. El general Piotr Krasnov, que se había levantado a raíz de la Revolución de Octubre, fue puesto en libertad junto con otros oficiales, tomó las armas contra el régimen soviético en contra de su palabra y pasó a liderar el Ejército Blanco en los meses posteriores.
Para Nicolas Werth, el nuevo poder llevó a cabo una reconstrucción autoritaria del Estado en detrimento de los órganos de poder que surgen espontáneamente en la sociedad civil: los comités de fábrica, las cooperativas que reemplazaban a los sindicatos o sóviets, meros instrumentos vacíos pero ya infiltrados en el sistema y subordinados a él. "En un par de semanas (finales de octubre de 1917 - enero de 1918), "el poder desde abajo", "el poder de los Sóviets ", que se había desarrollado de febrero a octubre de 1917 [...] se convierte en un gran poder, a raíz de los procedimientos burocráticos o autoritarios. El poder de la sociedad al Estado, y del Estado al partido bolchevique". 

La paz de Brest-Litovsk

Al tomar el poder en Rusia, los bolcheviques tenían la esperanza de que se produjera un levantamiento revolucionario en Europa. Este no se produjo, y la paz prometida en octubre pasó a ser una necesidad absoluta para satisfacer las demandas del ejército y de los campesinos. Se trataba al mismo tiempo de firmar la paz, de negociar la política expansionista territorial de los gobiernos burgueses, pero sin que pareciera que se claudicaba ante los Imperios centrales.
Se firmó un armisticio el 15 de diciembre y los debates sobre la paz comenzaron el 22 de diciembre, siendo comandada la delegación rusa por Trotski, que hizo publicar todos los tratados secretos y acuerdos sobre cambios territoriales alcanzados previamente entre ambas potencias. Las exigencias alemanas fueron enormes: Polonia, Lituania y Bielorrusia debían pasar a estar bajo ocupación alemana. Se inició así un acalorado debate en el seno del partido bolchevique, donde se confrontaban tres posiciones. Unos, como Bujarin, defendían la necesidad de una guerra revolucionaria, Lenin opinaba que había que dar el brazo a torcer, y Trotski, que venció en la votación con nueve votos a favor por siete en contra, propuso rechazar la firma de una paz que conllevara cambios territoriales pero que sí que había que declarar el fin de la guerra.
Como respuesta, el ejército alemán lanzó una ofensiva el 17 de enero, avanzando rápidamente en Ucrania. La posición de Lenin, favorable a la firma inmediata de la paz, fue ganando adeptos dentro del partido, pero los alemanes endurecieron las condiciones del tratado de paz. El 3 de marzo de 1918, los bolcheviques firmaron el tratado de Brest-Litovsk, por el cual Rusia perdía el 26 % de su población, el 27 % de su superficie cultivada y el 75 % de su producción de acero y de hierro. La situación económica de la joven república soviética, ya agravada por una guerra mortuoria que había durado cuatro años, se presentaba desesperante.

La creación de la Checa

El 20 de diciembre de 1917, se fundó la «Comisión extraordinaria de lucha contra el sabotaje y la contrarrevolución» (en ruso: VChK o Vecheká), comúnmente conocida como Checa. Sus acciones no tenían ninguna base legal ni judicial (el decreto fundacional no se hizo público hasta después de la muerte de Lenin) y había sido concebida como un instrumento provisional de represión independiente de la justicia. Era dirigida por un comité de cinco miembros (tres bolcheviques y dos socialrevolucionarios) presidido por Féliks Dzerzhinski. Entre los "saboteadores" y enemigos previstos por el decreto figuraban el KD, los socialrevolucionarios de derecha, periodistas, huelguistas... De repente, la Checa multiplicó los llamamientos a la delación y a la constitución de Checas locales. Fundada con 100 funcionarios (entre los que estaban Menzhinski y Yagoda), ya contaba con 12 000 en julio de 1918. Al llegar a Moscú, se instaló en Lubyanka, el 10 de marzo de1918, con 600 miembros. En julio ya contaba con 2000. A partir de esta fecha, los efectivos policiales de los bolcheviques fueron superiores a los de la Ojrana de los tiempos de Nicolás II.
Según Pierre Broué, la Checa no comenzó verdaderamente a funcionar hasta marzo, momento en el que se produjo la ofensiva alemana, y la represión se desplegó en toda su magnitud en verano de 1918, tras la insurrección de los socialrevolucionarios de izquierda de Moscú y una serie de atentados contra los dirigentes bolcheviques, entre los que se encontraban Moiséi Uritski, asesinado el 30 de agosto, y el propio Lenin, gravemente herido por Fanya Kaplan, ejecutada sumariamente poco después. Los dirigentes bolcheviques, asegurando inspirarse en el ejemplo jacobino de la Revolución francesa, decretaron el «terror rojo» para oponerse al «terror blanco». En los seis primeros meses de 1918, hubo veintidós ejecuciones realizadas por la Checa. En los seis últimos, la cifra aumentó hasta 6000.
Victor Serge estima que la creación de la Checa, con sus procedimientos secretos, fue el peor error del poder bolchevique. Señala, sin embargo, que la joven república vivía bajo un «peligro mortal» y que el terror blanco precedió al rojo. Precisa que Dzerzhinski temía los excesos de las Checa locales y que muchos chequistas fueron fusilados por ello.
Steinberg, comisario del pueblo de Justicia y miembro del Partido Social-Revolucionario de Izquierda, relata en sus memorias que mientras intentaba frenar las acciones ilegales de la Checa a principios de 1918, exclamó delante de Lenin: "¿Para qué un Comisariado de Justicia? Llamémoslo Comisariado del exterminio social, la causa será entendida." A lo que este respondió: "Excelente idea, tal y como yo veo la cosa. Desgraciadamente, no podemos llamarla así." 
La disolución de la Asamblea Constituyente Reclamada por todos los programas de los partidos revolucionarios desde el siglo XIX, la Asamblea Constituyente Rusa fue elegida en noviembre de 1917. Aunque obtuvieron un 25 % de los votos y un gran éxito en las grandes urbes, los bolcheviques resultaron una fuerza minoritaria, con 175 de los 707 diputados de la asamblea. Los campesinos prefirieron votar a los socialistas-revolucionarios. Según palabras de Jacques Baynac,62 los resultados de las elecciones indicaron que el país no quería de forma mayoritaria un gobierno afín a la Revolución de Febrero ni uno de la Revolución de Octubre. Sin embargo, no hubo revolución alguna en enero o julio de 1918. La represión y la Guerra Civil contribuyeron a ello.
Víktor Chernov, socialrevolucionario, resultó elegido presidente de la asamblea, con un total de 246 votos frente a loas 151 de Mariya Spiridónova, socialrevolucionaria de izquierda y apoyada por los bolcheviques. La disolución de la Asamblea Constituyente por la Guardia Roja se produjo inmediatamente después de su primera reunión, el 19 de enero de 1918. Aunque la mayoría de la población permaneció indiferente ante este golpe de fuerza, veinte manifestantes que protestaron contra la disolución de la asamblea resultaron muertos: Máximo Gorki, que acudió a su funeral, los calificó como mártires de una experiencia democrática de apenas unas horas que se llevaba esperando durante cientos de años.
El marxista Charles Rappoport comentó: "Lenin actuó como un zar. Al disolver la Asamblea Constituyente, Lenin creó un horrible vacío a su alrededor, que provoca una terrible guerra civil sin fin y prepara un futuro terrible."  También escribió: "La Guardia Roja de Lenin y Trotski han fusilado a Karl Marx". 
Según Martin Malia: "La disolución de la Asamblea Constituyente es considerada a menudo como el crimen supremo de los bolcheviques contra la democracia, exactamente igual que el golpe de fuerza de octubre, algo que es absolutamente cierto. Pero lo que no se destaca a menudo es que esta asamblea apenas habría estado capacitada para gobernar frente a los desórdenes de la época. Trotski exageraba cuando afirmaba que la asamblea no era más que un fantasma del Gobierno Provisional: estaba dominada por los mismos partidos que habían sido incapaces de controlar la situación en febrero de 1917, y como tal, fue privada de cualquier apoyo militar o administrativo." 
La entrada en vereda de los competidores revolucionarios 
A partir del 9 de enero de 1918 se comenzó a plantear el traslado de la capitalidad y del gobierno a Moscú, mientras que las negociaciones de paz con los alemanes se encontraban en desarrollo en Brest-Litovsk. El traslado del gobierno, efectivo en marzo, se debió a la posibilidad de que los barrios obreros de Petrogrado, sufridores de hambre y exasperados, se levantaran de nuevo, pero esta vez contra el poder surgido en la Revolución de Octubre. Las ofensivas alemanas y blancas no influyeron en esta decisión. Igualmente, los bolcheviques buscaban demostrar a sus opositores que su poder podía sobrevivir lejos de su Petrogrado de origen.
El 27 de marzo de 1918 la Checa comenzó a ocuparse de los delitos de prensa, recrudeciendo considerablemente la censura sufrida por la prensa no bolchevique.
El 11 y el 12 de abril, una ola de represión antianarquista sacudió Moscú: 1.000 hombres de las tropas especiales atacaron su sede, arrestando a 520 personas y ejecutando sumariamente a otras 25. A partir de este episodio, los anarquistas comenzaron a ser calificados oficialmente de "bandidos". Dzerzhinski advirtió que aquella operación no era más que un comienzo.
La recuperación del Partido Social-Revolucionario de Izquierda y de los anarquistas inquietaba al poder: en aquellos lugares donde todavía se celebraban elecciones locales libres, estos obtenían más de la mitad de los votos. Como reacción, entre mayo y junio de 1918, 205 periódicos socialistas se cerraron y la Checa disolvió por la fuerza decenas de sóviets socialrevolucionarios o mencheviques, los cuales habían sido elegidos legalmente. El 14 de junio de 1918, los mencheviques y los socialrevolucionarios de izquierda fueron expulsados del comité panruso de los sóviets, pasando a estar formado este solamente por bolcheviques. El 16 de julio, el periódico de Máximo Gorki, La Nueva Vida, fue prohibido por la policía política.
En las ciudades, la situación alimentaria continuaba siendo explosiva. Los bolcheviques no pudieron más que retomar las retenciones obligatorias efectuadas por destacamentos armados de ciudadanos, algo que provocó que los campesinos se levantaran contra el poder urbano, al mismo tiempo que se alejaban del partido aquellos a quienes el Decreto de la Tierra había acercado a las posiciones bolcheviques. Cientocincuenta revueltas campesinas fueron reprimidas en toda Rusia en julio de 1918 y en decenas de ciudades la Checa y algunos miembros de la Guardia Roja cargaron las marchas del hambre, fusilando a los huelguistas y disolviendo las reuniones populares.
El cierre patronal de las fabricas nacionales se convirtió en un nuevo medio de represión de las huelgas. El 20 de junio de 1918, como medida de represalia por el asesinato del responsable bolchevique Vladímir Volodarski, 800 líderes obreros fueron arrestados en Petrogrado en apenas dos días y su sóviet disuelto. El 2 de julio, los obreros respondieron con una huelga general, pero fue en vano.
Rechazando estos actos, así como el Tratado de Brest-Litovsk, que interpretaban como una capitulación ante el imperialismo alemán, los revolucionarios de izquierda rompieron a su vez con el gobierno bolchevique en marzo de 1918. El 6 de julio de 1918, trataron de revivir la guerra contra Alemania asesinando al embajador del Reich, el conde Wilhelm von Mirbach-Harff. Ese mismo día intentaron asaltar la sede de la Checa en Moscú.

El crecimiento generalizado de los riesgos

Para enero de 1918, el experimento revolucionario ya había conseguido sobrevivir más que la Comuna de París de 1871. En los meses siguientes, los peligros se acumularon y la Rusia soviética se encontraba cercada por todas partes, al tiempo que sus convulsiones internas sociales y políticas se agravaban.
Después del tratado de Brest-Litovsk, los países de la Triple Entente decretaron el embargo a Rusia y desembarcaron tropas para impedir una victoria alemana total en el este. Los japoneses y posteriormente los estadounidenses intervinieron así en Vladivostok a principios de abril de 1918, mientras que los británicos lo hacían en Múrmansk y Arjángelsk. En el mismo momento, los turcos penetraron en el Cáucaso y amenazaron Bakú, al tiempo que, a pesar del tratado de Brest-Litovsk, los alemanes intentaron aprovechar su ventaja: colaboraron con el aplastamiento de la revolución en Finlandia (Guerra Civil Finlandesa), y retomaron durante el verano las operaciones militares en los países bálticos y en Ucrania, que someten y confían a un gobierno monárquico títere y represivo. La secesión en mayo de las Repúblicas del Cáucaso - Georgia, Armenia y Azerbaiyán - acentuó la confusión (véase República Democrática Federal de Transcaucasia).
Paralelamente, en abril y mayo, la Legión Checoslovaca formada por antiguos presos y desertores del Ejército Austrohúngaro, niega su disolución, y se rebela contra los bolcheviques. Dueños de la zona de los montes Urales y delTransiberiano, así como de todo el oro del banco imperial de Rusia, tomado en Kazán, los checoslovacos apoyaban a los socialrevolucionarios del comité de los ex constituyentes que formaron el 8 de junio un contragobierno en Samara.
Simultáneamente, los ejércitos blancos se levantaron en mayo por todo el país, en particular en la zona del río Don, en torno a los Cosacos de Krasnov, aliado del general Denikin, y en Siberia alrededor del almirante Kolchak, quien instaló una autoridad zarista en Omsk. En todos los territorios que controlaban, el terror blanco cayó de golpe sobre las poblaciones campesinas insumisas, los judíos, los liberales, y los elementos revolucionarios más diversos. Trotski obtuvo contra estos ejércitos las primeras victorias importantes del joven Ejército Rojo: en julio en Tsaritsyn y a comienzos de agosto en Kazán.
El poder bolchevique se vio enfrentado al mismo tiempo a las rebeliones campesinas y obreras y a la insurrección de los socialrevolucionarios de izquierda en Moscú el 6 de julio. Estos reaparecían con terrorismo revolucionario: después del bolchevique Vladímir Volodarski el 20 de junio y el embajador Wilhelm von Mirbach-Harff el 6 de julio, fue el general Hermann von Eichhorn, comandante en jefe alemán en Ucrania, quien murió en una de sus acciones el 30 de julio en Kiev. Posteriormente, el 30 de agosto, mientras que el jefe de la Checa de Petrogrado, Moiséi Uritski, era asesinado, en Moscú, Fanni Kaplán disparó a Lenin, hiriéndolo; fue ejecutada sumariamente tres días después. El 3 y 5 de septiembre, exasperada, la Checa puso en marcha el "terror rojo". Millares de presos y de sospechosos fueron masacrados a lo largo de toda Rusia. Comenzaba así la Guerra Civil entre los bolcheviques y el resto de fuerzas.

De la Guerra Civil a la NEP (1918-1921)

La Guerra Civil Rusa no enfrentó solamente al joven Ejército Rojo contra los "ejércitos blancos" monárquicos apoyados por los ejércitos extranjeros. Su violencia extrema no se debió tampoco al impacto entre el "terror blanco" y el "terror rojo". Se trató de una guerra de los campesinos contra las ciudades y contra toda autoridad exterior al pueblo y al campo. Así fue como el "Ejército Verde", constituido por campesinos que rechazaban los reclutamientos forzados y los requerimientos, se enfrentó al Ejército Rojo y a los blancos.
A estos combates se sobrepusieron un importante conflicto de generaciones (los jóvenes campesinos decepcionados de las ciudades o los ejércitos deseosos de desembarazarse de la tutela de la familia patriarcal, convirtiéndose en los agentes más determinantes de la revolución en el campo),  la acción de las minorías nacionales que procuraban emanciparse de la vieja tutela rusa, la intervención de ejércitos extranjeros (como la de la nueva Segunda República Polaca en la Guerra Polaco-Soviética), o incluso las tentativas de los revolucionarios antibolcheviques. Pero las expectativas de los opositores socialrevolucionarios, del comité de los ex constituyentes, mencheviques, o incluso de los anarquistas en un tiempo dueños de Ucrania durante la Revolución majnovista, jamás se hallaron en situación de prevalecer. Mediante las reuniones, la fuerza o la represión, los bolcheviques impusieron su hegemonía sobre la revolución, como los Blancos sobre la oposición a la revolución.
Confusa y caótica, la Guerra Civil Rusa se caracterizó por la desintegración del Estado y de la sociedad bajo la acción de fuerzas centrífugas. La victoria bolchevique significó, en una Rusia arruinada y exhausta, la reconstrucción de un Estado bajo la autoridad de un partido único sin rivales ni enemigos y dotado de un poder absoluto. En particular, se forjó un nuevo Estado policial en torno a la Checa en el transcurso de la Guerra Civil y del terror rojo.
Todo ello en detrimento de los sueños de las Revoluciones de Febrero y de Octubre, que habían rechazado toda autoridad y visto confirmarse la autonomía de una sociedad civil, en lo sucesivo muy duramente magullada, agotada y de nuevo sometida al poder.

El Ejército Rojo contra el Ejército Blanco

El 23 de febrero de 1918, Trotski fundó el Ejército Rojo. Organizador enérgico y competente, buen orador, atravesó el país a bordo de su tren blindado y voló de un frente al otro para restablecer por todas partes la situación militar, galvanizar las energías y desplegar un esfuerzo enorme de propaganda destinada a los soldados y las masas. Restableció el servicio militar y aplicó una disciplina de hierro hacia los enemigos y los desertores.
A pesar de las reacciones negativas de numerosos viejos bolcheviques, Trotski no vaciló tampoco en reciclar por millares a los antiguos oficiales zaristas. 14 000 de ellos (el 30 % del total) aceptaron servir al nuevo poder a veces por fuerza (su familia respondería por su lealtad, en virtud de la "ley de rehenes"), pero también en nombre de la continuidad del Estado y de la salvación de un país amenazado por la anarquía y el desmembramiento. Estaban flanqueados por comisarios políticos bolcheviques que vigilaban su acción.
El Ejercito Rojo controlaba solamente un territorio del tamaño del antiguo Principado de Moscú cercado de todas partes, pero contaba con la ventaja de su superior disciplina y organización, de su posición central, de formar un bloque cohesionado, de disponer de ambas capitales - Moscú y Petrogrado - y de las mejores carreteras y vías de ferrocarril. Los Blancos de Kolchak, Yudénich, Denikin o Wrangel se encontraban divididos e incapaces de coordinar sus ofensivas. Principalmente, no tenían nada que ofrecer a la población salvo la vuelta a un antiguo régimen unánimemente detestado, la restitución de las tierras a los antiguos propietarios, la negativa a toda concesión a las minorías nacionales y los pogromos antisemitas responsables de cerca de 150 000 muertos.  Las masas finalmente dejaron ganar a los bolcheviques, aunque los golpes violentos tampoco faltaron entre ellas y estos últimos.

Campañas contra las ciudades: el Ejército Verde

Tanto el Ejército Rojo como los Ejércitos Blancos sufrieron las acciones de guerrillas campesinas. El llamado Ejército Verde estaba compuesto por campesinos que rechazaban el reclutamiento en ambos ejércitos, las requisas forzadas y la restitución de las tierras a los antiguos propietarios de bienes inmuebles deseada por los Blancos.
Los desertores de ambos ejércitos, extremadamente numerosos, fueron un vivero esencial del Ejército Verde. En 1919-1920, había no menos de 3 millones de desertores de los 5 millones de reclutas del Ejército Rojo; entre la mitad y dos tercios consiguieron escapar de las búsquedas, detenciones y de la reintegración forzada en el ejército, reuniéndose con frecuencia los combatientes verdes en los bosques. Los Blancos generalmente fusilaban a los desertores sin otro proceso.
Después de la derrota de los Blancos a finales de 1920, la paz volvió realmente a Rusia solamente en 1921-1922, tras el aplastamiento de las grandes rebeliones campesinas como la conducida por el socialrevolucionario Antonov enTambov a mediados de 1921, la destrucción de los ejércitos verdes (tiempo atrás dueños de territorios inmensos, como en Siberia oriental, donde controlaron hasta un millón de km²) y el compromiso de la NEP (marzo de 1921), aprobada por el régimen bolchevique y los campesinos.

Minorías nacionales contra los rusos

Desde finales de 1917, animadas por el "decreto de las nacionalidades", que preveía la posibilidad de separarse de Rusia, Finlandia y Polonia proclamaron su independencia. En Ucrania, la Rada(consejo) de Kiev le confió desde 1917 al socialista y nacionalista Symon Petlyura la constitución de un ejército nacional, y rompió con Moscú tras la Revolución de Octubre. En las elecciones para elegir una asamblea constituyente, los mencheviques obtuvieron la mayoría de los votos en Georgia, proclamando la independencia y constituyendo un gobierno internacionalmente reconocido, incluso por Moscú, en 1920: la República Democrática de Georgia, dirigida por Noe Jordania. Por el contrario, Letonia votó en un 72 % por los bolcheviques. Los letones tenían una numerosa presencia en la Guardia Roja, el Ejército Rojo y la Checa. Sin embargo, los países bálticos ya se habían independizado en el transcurso de la Primera Guerra Mundial. 
Numerosos en todos los partidos y movimientos revolucionarios, los judíos eran abusivamente relacionados con los bolcheviques por la contrarrevolución. Los Ejércitos Blancos o el Ejército Petlyura realizaron pogromos antisemitas sistemáticos y a gran escala, de una violencia mortífera y sin precedente, para entonces, en la historia europea. El número de muertos asciende a cerca de 150 000, a los que se deben añadir numerosas violaciones, robos y vandalismos. En cuanto a los bolcheviques, situaron el sionismo y el bundismo fuera de la ley.
Los Blancos negaban toda concesión a las minorías y combatían tanto a los ejércitos nacionales como a las tropas bolcheviques. Entre 1920 y 1922, por su parte, el Ejército Rojo invadió Asia Central, Armenia, Georgia e incluso Mongolia, y reforzó la influencia ruso-soviética sobre estos territorios. Sin ir más lejos, la República Popular de Mongolia, satélite de la URSS, se fundó en 1924. Los cosacos, que constituían el núcleo duro del antibolchevismo, fueron deportados en bloque y vieron suprimidos sus privilegios.
En Ucrania, el Ejército Rojo también se volvió contra sus antiguos aliados, los anarquistas del ejército de Néstor Majnó: a partir de finales de 1920, atacó brutalmente la experiencia inéditamajnovista. Este movimiento campesino de masas había conseguido dotarse de un ejército insurrecto capaz de hacer frente durante tres años a la vez a fuerzas austro-alemanes, a los Blancos de Denikin y Wrangel, al ejército de la República Nacional Ucraniana dirigida por Petlyura y al Ejército Rojo.

Intervenciones extranjeras y Guerra Polaco-Soviética

Afectados por el tratado de Brest-Litovsk, ejércitos occidentales y japoneses intervinieron primeramente para impedir la desaparición total del Frente Oriental (mediados de 1918). Tras la derrota de Alemania su intervención tomó un carácter más hostil hacia la revolución y el régimen bolchevique, apoyando y dotando de armamento a los Blancos por miedo al contagio bolchevique. De 1918 a 1920, la Rusia roja se vio sometida a un drástico embargo por parte de las potencias capitalistas. Sin embargo, las derrotas de los Blancos y la simpatía de las clases populares de su país con respecto a la Revolución rusa obligaron a las grandes potencias a abandonar. Así, el motín de la flota francesa estacionada en elmar Negro, orquestado por André Marty y Charles Tillon, contribuyó en marzo de 1919 a que el gobierno francés renunciara a proseguir la lucha. Para el historiador Orlando Figes, "la promesa de ayuda aliada era simplemente palabras en el aire. El compromiso de las potencias occidentales jamás proporcionó gran cosa desde un punto de vista material y sufrió siempre de una falta de intención muy clara." 
En 1920, la joven Segunda República Polaca invadió Rusia para establecer sus fronteras más allá de la línea Curzon. El contraataque victorioso del Ejército Rojo llenó de esperanza a los bolcheviques: la toma de Varsovia abriría el camino de Berlín y permitiría exportar la revolución por las armas. Pero el 15 de agosto de 1920, el "Milagro del Vístula" permitió al general Piłsudski repeler la invasión. Percibiendo al Ejército Rojo como un ejército eminentemente ruso y no revolucionario, los obreros polacos apoyaron decididamente a Piłsudski.

Terror Blanco contra Terror Rojo

La Rusia zarista tenía la tradición más fuerte de Europa en cuanto al uso de la violencia social y política, agravada por el "brutalización" de la sociedad durante la Primera Guerra Mundial.  A partir de mediados de 1917, la explosión revolucionaria, hasta entonces muy poco violenta, se tradujo entre los campesinos rebelados en la matanza de cierto número de terratenientes y el saqueo de sus residencias. La guerra civil que estallaba iba a servir de válvula de escape para muchos rencores fruto de siglos de opresión social, a los miedos de las antiguas élites privilegiadas, o a los reglamentos personales de cuenta. Practicantes del terrorismo individual desde el siglo XIX, los revolucionarios como los miembros del Partido Social-Revolucionario no hicieron más que reutilizar las mismas armas contra los bolcheviques (Fanni Kaplán, red de Borís Sávinkov). Rojos y Blancos rivalizaban en declaraciones incendiarias y se mostraban preparados para la violencia radical.
Los Blancos se enajenaron rápidamente las poblaciones encarcelando y masacrando sistemáticamente a nacionalistas, demócratas, judíos, sindicalistas, revolucionarios moderados y, por supuesto, bolcheviques, sin olvidar a simples sospechosos, abatidos ante la menor duda. Restituyeron las tierras a los antiguos propietarios de bienes inmuebles y no vacilaron en quemar o destruir pueblos enteros, siendo sometidos los campesinos a castigos corporales humillantes. Sus tropas a menudo se desacreditaban desde su llegada a fuerza de violaciones y pillajes, mientras que muchos jefes multiplicaban los actos de arbitrariedad y mostraban un modo de vivir fastuoso y libertino. 
El aparato policial bolchevique, dotado de poderes arbitrarios muy extensos, experimentó un desarrollo enorme. Aunque Trotski hubiera deseado un proceso público de Nicolás II, Lenin y una parte del Politburó decidieron en secreto la ejecución sumaria de la familia imperial. Pretextando la aproximación de los Blancos, esta se efectúa la noche del 17 al 18 de julio de 1918 en Yekaterimburgo. Detenciones, fusilamientos en masa, tomas de rehenes e internamientos en campos se convirtieron en prácticas comunes. La cuestión de saber si los campos abiertos por la Checa durante la guerra civil anticiparon o no al Gulag estalinista se mantiene abierta.
Según el historiador británico George Leggett, aproximadamente 140 000 personas perecieron a causa del Terror Rojo.  Mencheviques, anarquistas, social-revolucionarios, liberales o demócratas fueron perseguidos y puestos fuera de la ley por miles, así como Blancos y nacionalistas, o incluso pacifistas tolstoianos, sionistas, bundistas etc., junto a muchos cuyos orígenes sociales o su marginalidad bastaban para convertirlos en sospechosos. En 1922, el Estado soviético organizó el procesamiento de los líderes social-revolucionarios encarcelados; varios acusados fueron condenados a muerte y ejecutados y otros deportados. El 19 de febrero de 1919, la revolucionaria Mariya Spiridónova, arrestada tras la insurrección social-revolucionaria de izquierda en julio de 1918, fue condenada por "locura" e internada de diciembre de 1920 a noviembre de 1921 en un centro psiquiátrico. No obstante, con posterioridad escribió que "durante la época soviética, las cimas del poder, los viejos bolcheviques, Lenin incluido, cuidaron de mí y, aislándome del desarrollo de la lucha, siempre de modo muy vigoroso, tomaron al mismo tiempo medidas para que jamás se me humillara." 
La Iglesia Ortodoxa rusa, que se situó activamente del lado de la reacción (hubo popes delatores que pudieron ser responsables de numerosas ejecuciones sumarias), sufrió miles de detenciones, ejecuciones, expoliaciones y destrucciones con el fin de erradicar no solo de su potencia anterior, sino también las creencias religiosas.
Todos los contendientes, en diversa medida, utilizaron los mismos métodos de represión: internamiento de adversarios militares y políticos en campos, toma de rehenes (el primer decreto referente a rehenes fue promulgado por el generalNiessel, comandante de la misión militar francesa en Rusia) y ejecuciones sumarias. Según Peter Holquist «el joven Estado de los Sóviets y sus adversarios recurrieron de igual forma a los instrumentos y métodos que habían sido elaborados durante la Gran Guerra».  Nikolái Melkínov, uno de los principales miembros del gobierno de Antón Denikin, subrayó en sus memorias que la administración blanca «había aplicado [...] en sus territorios una política profundamente soviética». 
Hasta el breve gobierno social-revolucionario de Samara, a menudo considerado como uno de los beligerantes más moderados, utilizó este tipo de medidas. Al respecto, el historiador británico Orlando Figes anota: «aunque las libertades de expresión y de reunión, así como la libertad de prensa fueron restablecidas, era difícil respetarlas en las condiciones de una guerra civil y las prisiones de Samara estuvieron pronto llenas de bolcheviques. Iván Maiski, el ministro menchevique de trabajo, contó un total de 4000 detenidos políticos. Las dumas y los zemstvos municipales fueron restablecidos, y los sóviets, como órganos de clase, excluidos de la vida política». 
Asimismo, los demócratas constitucionales liberales se resignaron a soluciones dictatoriales allí donde mantenían el control, pero con excepciones: así en Crimea mantuvieron un régimen constitucional y parlamentario que preservaba las libertades y hasta esbozaba una tímida reforma tímida agraria. 
Por otro lado, ninguno de los ejércitos quiso dejar tras de sí elementos sospechosos o peligrosos. Así, los combatientes anarquistas del ejército de Néstor Majnó respetaron más a la población civil, perdonando y liberando a los simples combatientes hechos prisioneros, pero eliminaron en su retirada a muchos oficiales, personas nobles, burgueses, kuláks o popes, mientras tribunales populares surgidos espontáneamente se encargaban también de juzgar y castigar a los implicados en las matanzas del Terror Blanco. 

Violencia alimentada desde abajo y desde arriba

Según Sabine Dullin, "los organismos de represión creados por los bolcheviques dejaban un gran margen de acción a la iniciativa popular".  Las Checas locales se mostraban con frecuencia más radicales que la central. Marc Ferro insiste en el hecho de que el pequeño partido bolchevique no contaba con los medios para suscitar la violencia generalizada que experimentó Rusia durante la guerra civil y que los leninistas a menudo reivindicaron y asumieron la violencia popular espontánea para dar la impresión de que ellos controlaban la situación, así como para canalizarla e instrumentalizarla para su provecho. 
Lo mismo realizaban sus enemigos, así el muy controvertido jefe nacionalista ucraniano Symon Petlyura pareció verse desbordado por el antisemitismo visceral de sus tropas: habría permitido los pogromos, pese a haber intentado frenarles, pero no los ordenó (su papel exacto sigue siendo muy debatido).
En cuanto al Terror Blanco, los roles de la ideología, la violencia espontánea y la orquestada "desde arriba" por las autoridades siguen siendo muy discutidos. Así, según Nicolas Werth, "el Terror Blanco no fue nunca organizado sistemáticamente. Fue, casi siempre, fruto de acciones de destacamentos descontrolados que escapaban de la autoridad de un comandante militar que trataba, sin éxito, de llevar a cabo el gobierno. [...] En la mayoría de las ocasiones estamos ante una represión policial del nivel de un servicio de contraespionaje militar". Otros historiadores consideran, por el contrario, que la ideología (especialmente la asimilación del comunismo a los judíos y el fantasma de un complot "judeobolchevique") tuvo un papel importante en el proceso del terror dirigido desde arriba. Según el historiador estadounidense Peter Holquist: "si bien es cierto que los movimientos antisoviéticos sintieron menos la necesidad de justificar sus acciones, es completamente claro que sus actos violentos, lejos de ser arbitrarios o fortuitos, fueron por el contrario calculados. [...] Los prisioneros de guerra eran escogidos por los jefes blancos, que ponían de lado a aquellos a los que consideraban como indeseables e irrecuperables (los judíos, los bálticos, los chinos y los comunistas) y los mandaban ejecutar todos juntos". 
Posiblemente los generales blancos se vieron más desbordados aún que los bolcheviques por la violencia de sus partidarios sobre territorios vastos donde su autoridad era limitada. El general Piotr Wrangel describe en sus memorias la anarquía que reinaba sobre el inmenso territorio controlado por Antón Denikin cuando se puso al frente en marzo de 1920: "el país era dirigido por toda una serie de pequeños sátrapas, comenzando por los gobernadores para acabar por cualquier suboficial del ejército [...] la indisciplina de las tropas, el desenfreno y la arbitrariedad que reinaba no eran un secreto para nadie [...] El ejército, mal abastecido, se alimentaba exclusivamente de la población, gravada con una carga insoportable". 
Sin embargo, es incontestable que las altas autoridades blancas recurrieron también al terror. La "conferencia especial" presidida por Denikin tomó en marzo de 1919 la decisión de condenar a muerte a "toda persona que haya colaborado con el poder del Consejo de Comisarios del Pueblo". El servicio de propagan del gobierno de Denikin hizo correr numerosos rumores durante la guerra sobre la existencia de complots judíos. El general Roman Ungern von Sternberg, apodado "el barón sanguinario", fue sin duda aquel que fue más lejos en sus acciones. En su famosa "orden n.º 1592", dirigida a sus ejércitos en marzo de 1921, ordena en su artículo 9 "exterminar a los comisarios, a los comunistas y a los judíos con sus familias". 
A su vez, numerosos jefes de guerra y los aventureros sacaron provecho del hundimiento de la autoridad en Rusia para realizar pillajes, masacres y autoproclamarse dirigentes de territorios más o menos vastos. Otros se alistaron a los ejércitos regulares por oportunismo. El atamán Nikífor Grigóriev constituyó así una milicia formada por soldados, desplazados y mercenarios que se puso sucesivamente al servicio de Symon Petlyura, del Ejército rojo y de los Blancos, sin renunciar en ningún momento a las matanzas y a los pillajes. Grigóriev acabó siendo asesinado por Néstor Majnó y sus seguidores, con los que se había aliado brevemente.
Tras la derrota de los blancos, los levantamientos campesinos antibolcheviques experimentaron su apogeo. Numerosos segadores fueron asesinados, y los bolcheviques y sus seguidores hostigados, cuando no torturados.  La respuesta del Ejército Rojo fue despiadada, con centenares de pueblos íntegramente deportados, miles de insurgentes fusilados, mujeres e hijos de partisanos secuestrados o asesinados y el uso de armamento químico por parte de Mijaíl Tujachevski para sofocar la Rebelión de Tambov. 
Tras la victoria final bolchevique, el terror represivo se redujo, pero el aparato policial se mantuvo intacto.

Victoria y crisis del "comunismo de guerra"

La guerra radicalizó espectacularmente al régimen. Para dirigir la guerra total contra los enemigos, el gobierno de Lenin procedió a nacionalizar la práctica totalidad de los comercios, la banca, la industria y el artesanado. Las viviendas de las clases acomodadas fueron colectivizadas, entrando así los apartamentos colectivos en la vida de los rusos. Mientras la moneda se hundía y el país vivía del trueque y de salarios pagados en especie, el régimen instauró la gratuidad de las viviendas, los transportes, del agua, de la electricidad y de los servicios públicos, todos ellos en manos del Estado. Ciertos bolcheviques llegaron a soñar con abolir el dinero, o por lo menos limitar drásticamente su uso. El "comunismo de guerra" (término creado a posteriori, aparecido tras el final de la guerra civil) que había surgido por las difíciles circunstancias, pasó a ser un medio útil para guiar a Rusia hacia el socialismo.
El poder instauró también un potente dirigismo sobre la economía y los obreros. Para hacerlo, no vaciló en restablecer una férrea disciplina en las fábricas o en hacer reaparecer prácticas deshonrosas como el salario a destajo, la libreta de trabajo, el cierre patronal, la retirada de las cartillas de racionamiento y la detención y deportación de los dirigentes de huelgas. Centenares de huelguistas fueron fusilados. Los sindicatos fueron depurados, bolcheviquizados y transformados en correa de transmisión del sistema, las cooperativas absorbidas y los sóviets transformados en entidades vacías. En 1920, Trotski generó una vasta controversia proponiendo la "militarización" del trabajo. En el campo, destacamentos armados procedieron violentamente a realizar requisiciones forzadas de cereales para abastecer a las ciudades y al Ejército Rojo.
El poder realizó asimismo un enorme esfuerzo para alfabetizar y proporcionar educación a la población, al tiempo que dirigía sus esfuerzos propagandísticos sobre los soldados y las masas populares. Animó la efervescencia artística y puso a los creadores vanguardistas al servicio de la revolución, lo que generó una vasta producción de obras y carteles que contribuyeron a la adhesión colectiva a los bolcheviques. 
Estas políticas salvaron al régimen, pero contribuyeron al enorme descontento popular y al hundimiento radical de la producción, de la moneda y del nivel de vida. La economía era una ruina y la red de transportes había sido destruida. El mercado negro y el trueque florecieron. La desigualdad institucional del racionamiento en favor de los soldados y los burócratas suscitó protestas populares. Las ciudades perdieron población, con multitud de obreros y ciudadanos hambrientos que regresaron al campo. Moscú y Petrogrado perdieron de esta forma la mitad de su población, mientras que la clase obrera se descomponía: menos de un millón de activos en 1921, frente a los tres millones de 1917.
Entre 1921 y 1922, la hambruna, unida a una grave epidemia de tifus, acabó con la vida de millones de campesinos rusos.

La Rebelión de Kronstadt y la NEP

Hastiados por el monopolio del poder adquirido por los bolcheviques, así como por la violencia y la represión desplegadas en el campo o contra los obreros huelguistas, los marinos de Kronstadt se rebelaron en marzo de 1921 y exigieron la vuelta al poder de los sóviets, elecciones libres, libertad del mercado nacional y el fin de la policía política. En la práctica la insurrección consistió en la disolución del sóviet de Kronstadt y el nombramiento de un "comité revolucionario provisional" en su lugar. Su levantamiento fue repelido por Trotski y Tujachevski.
Al mismo tiempo, el poder puso a los mencheviques fuera de la ley, reprimió las últimas grandes olas de protestas obreras y empezó una campaña violenta de "pacificación" contra los campesinos insurrectos. El X Congreso del Partido, celebrado a la vez que ocurría la insurrección de Kronstadt, abolió también el derecho de tendencia en el seno del Partido por la instauración del "centralismo democrático".

Pero ante el callejón sin salida del "comunismo de guerra" y el hundimiento de la economía, Lenin decidió volver de manera limitada y provisional al capitalismo de mercado: se adoptó la Nueva Política Económica (NEP) en el mismo congreso. Esta liberalización económica permitió enderezar la economía.

La chispa de Einstein

Albert Einstein (1879-1955), Premio Nóbel de Física en 1921, gozó de una rapidez mental propia de un genial humorista

*1*

Un periodista le preguntó a Einstein:
- '¿Me puede Ud. explicar la Ley de la Relatividad?'
Y Einstein le contestó:
- '¿Me puede Ud. explicar cómo se fríe un huevo?'
El periodista lo miró extrañado y le contesta:
- 'Pues, sí, sí que puedo'.
A lo cual Einstein replicó:
- 'Bueno, pues hágalo, pero imaginando que yo no se lo que es un huevo, ni una sartén, ni el aceite, ni el fuego'.

*2*

Durante el nazismo Einstein, a causa de ser judío, debió de soportar una guerra en su contra urdida con el fin de desprestigiar sus investigaciones. Uno de estos intentos se dio cuando se compilaron las opiniones de 100 científicos que contradecían las de Einstein, editadas en un libro llamado 'Cien autores en contra de Einstein'. 
A esto Einstein respondió: 
-'¿Por qué cien?. Si estuviese errado haría falta solo uno'. 

*3*

En una conferencia que Einstein dio en un Colegio de Francia, el escritor francés Paul Valery le preguntó:
- 'Profesor Einstein, cuando tiene una idea original, ¿qué hace? ¿La anota en un cuaderno o en una hoja suelta?'
A lo que Einstein respondió:
-'Cuando tengo una idea original no se me olvida'.

*4*

Einstein tuvo tres nacionalidades: alemana, suiza y estadounidense. Al final de su vida, un periodista le preguntó que posibles repercusiones habían tenido sobre su fama estos cambios.
Einstein respondió:
- 'Si mis teorías hubieran resultado falsas, los estadounidenses dirían que yo era un físico suizo; los suizos que era un científico alemán; y los alemanes que era un astrónomo judío'.

*5*

En 1919, Einstein fue invitado por el inglés lord Haldane a compartir una velada con diferentes personalidades. Entre éstas había un aristócrata muy interesado en los trabajos del físico. Tras una larga conversación, el inglés explicó a Einstein que había perdido recientemente a su mayordomo y que aún no había encontrado un sustituto.
- 'La raya del pantalón la he tenido que hacer yo mismo, y el planchado me ha costado casi dos horas'.
A lo que Einstein comentó:
-'Me lo va a decir a mi. ¿Ve usted estas arrugas de mi pantalón? Pues he tardado casi cinco años en conseguirlas.'

*6*

En una reunión social Marilyn Monroe se cruzó con Albert Einstein y ella le sugirió lo siguiente:
-'Qué dice profesor, ¿deberíamos casarnos y tener un hijo juntos? ¿Se imagina un bebe con mi belleza y su inteligencia?'.
Einstein muy seriamente le respondió:
- 'Desafortunadamente temo que el experimento salga a la inversa y terminemos con un hijo con mi belleza y su inteligencia'.

*7*

Se cuenta que en una reunión social Einstein coincidió con el actor Charles Chaplin. En el transcurso de la conversación, Einstein le dijo a Chaplin:
-'Lo que he admirado siempre de usted es que su arte es universal; todo el mundo le comprende y le admira'.
A lo que Chaplin respondió:
-'Lo suyo es mucho más digno de respeto: todo el mundo lo admira y prácticamente nadie lo comprende'.

*8*

Y por último uno de los chistes favoritos que Einstein relatara en reuniones con políticos y científicos. 

Se cuenta que en los años 20 cuando Albert Einstein empezaba a ser conocido por su Teoría de la Relatividad, era con frecuencia solicitado por las universidades para dar conferencias. Dado que no le gustaba conducir y sin embargo el coche le resultaba muy cómodo para sus desplazamientos, contrató los servicios de un chofer. 
Después de varios días de viaje, Einstein le comentó al chofer lo aburrido que era repetir lo mismo una y otra vez.
- 'Si quiere -le dijo el chofer- lo puedo sustituir por una noche. He oído su conferencia tantas veces que la puedo recitar palabra por palabra.' 

Einstein estuvo de acuerdo y antes de llegar al siguiente lugar, intercambiaron sus ropas y Einstein se puso al volante.

Llegaron a la sala donde se iba a celebrar la conferencia y como ninguno de los académicos presentes conocía a Einstein, no se descubrió la farsa. 
El chofer expuso la conferencia que había oído repetir tantas veces a Einstein. 

Al final, un profesor en la audiencia le hizo una pregunta. El chofer no tenía ni idea de cuál podía ser la respuesta, sin embargo tuvo una chispa de inspiración y le contestó:

- 'La pregunta que me hace es tan sencilla que dejaré que se la responda la persona que se encuentra al final de la sala..., que es mi chofer'.

Vía @pngpr
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Los judíos en Alemania


La historia de los judíos en Alemania es emblemática de la historia de los judíos en Europa occidental, pues ha abarcado desde el antijudaísmo, la integración relacionada con el universalismo de la Ilustración hasta el antisemitismo moderno.
Llegada a la región de Renania en el tiempo del Imperio romano, la comunidad judía prosperó hasta fines del siglo XI. A partir de la Primera Cruzada, debió atravesar un largo período tormentoso, marcado por masacres, acusaciones de crímenes rituales, extorsiones diversas y expulsiones. Su condición jurídica se degradó. Se prohibió a los judíos ejercer la mayor parte de oficios. En el siglo XVIII, filósofos de la Ilustración, como Moses Mendelssohn, se indignaron por esta condición miserable e iniciaron una campaña de denuncia. Pero el camino que llevó a su emancipación fue largo, pues duró cerca de un siglo, tras lo cual la comunidad judía fue integrada a la sociedad. Su asimilación permitió un éxito económico e intelectual que despertó recelo en ciertos sectores. La llegada al poder de Hitler en 1933 puso a los judíos al margen de la sociedad alemana. A las persecuciones, siguieron la deportación y, luego, el exterminio durante la Segunda Guerra Mundial. Después de la guerra, la comunidad judía se reconstituyó lentamente, gracias al apoyo del Gobierno federal alemán.

Los orígenes de la comunidad judía en Alemania 

Los judíos llegaron en tiempos del Imperio romano a las provincias de la Germania Inferior y Germania Superior, que identificaron con el nombre de la tierra de Askenaz, de ahí su denominación de askenazíes. Estos judíos eran originarios de la Galia o de Italia. Entre ellos, se encontraban algunos comerciantes judíos, venidos de Palestina. También había conversos venidos de todo el Imperio a causa de un proselitismo judío muy activo en esta época. Así, poblaciones importantes de Asia Menor, Grecia, Egipto, África del Norte, o incluso, de Germania abrazaron la fe de Moisés.  La primera evidencia oficial de su presencia data del 321, en Colonia. Se trata de un texto que indica que el estatus legal de los judíos es el mismo en todo el Imperio: poseen la plenitud de derechos cíviles con la única restricción de estar impedidos de poseer un esclavo cristiano o acceder a una función pública. Trabajaban en la agricultura, la artesanía, los negocios y como prestamistas. Heinrich Graetz estimaba que los judíos estuvieron presentes en Alemania antes que los cristianos.3 Lasinvasiones bárbaras no cambiaron sus condiciones de vida.
A inicios de la Edad Media, las comunidades judías se encontraban sobre todo en la cuenca del Rin, principalmente en Worms, Spira y Maguncia; pero también en Ratisbona, Francfort y Passau. En esta época, vivían principalmente del comercio y gozaban de una gran autonomía. Los mercaderes judíoscomerciaban con el Oriente y con los países eslavos vecinos.4 Las comunidades judías se desarrollaron hasta fines del siglo XI gracias a la tolerancia de los soberanos merovingios y carolingios. En los siglos XIII y XIV, muchos judíos franceses se refugiaron en Alemania. Los judíos alemanes hablaban un dialecto germánico cercano al alsaciano: el yídish, que se convertirá en la lengua de todos los judíos de la Europa Central.

De los carolingios a la primera cruzada 

En el Imperio carolingio, los judíos debían pagar el diezmo sobre las mercancías, como lo hacían todos los demás. Los comerciantes judíos o radhanitas aseguraron las relaciones indispensables entre el cristianismo occidental y el Islam. Isaac el Judío se convirtió incluso en embajador de Carlomagno ante el califa Harún al-Rashid en 797. Así, los carolingios protegieron a las comunidades judías. A diferencia del resto de hombres libres del Imperio, los judíos estuvieron exentos del servicio militar. Como la Iglesia católica prohibió el préstamo a interés, los judíos acabaron monopolizando esta actividad. Bajo los carolingios y hasta fines del siglo XI, los mercaderes judíos exportaron a Italia y Españaesclavos, pieles y armas, e importaron especias, bálsamos, dátiles y metales preciosos. Contribuyeron a que los valles del Rin y del Danubio alto conformaran ejes de circulación de mercancías importantes. Los contactos entre las comunidades del Imperio franco y las de España o África del Norte fueron numerosos, ya sea en el plano comercial o en el religioso. 
Bajo el reinado de Ludovico Pío, se concedieron tres cartas a pedido de la comunidad judía, las cuales garantizaron a los judíos la protección de su vida y sus bienes, la libertad de comercio y la libertad religiosa (liceat eis secundum illorum legem vivere: «les fue acordado vivir según su ley»).  Los judíos estaban, pues, bajo la protección directa del emperador y eran, por tanto, sus hombres. Si un judío era asesinado, el asesino debía pagar la enorme multa de diez libras de oro, es decir, dos veces lo que debía pagar si mataba a un caballero cristiano. El dinero de tal multa iba directamente al tesoro imperial.  Fue designado un oficial, el Judenmeister, para defender sus privilegios.  A mediados delsiglo XI, Enrique III amenazó con la pérdida de los ojos y de la mano derecha a quien matara a un judío.  Los carolingios incluso favorecían su establecimiento. Ciertos señores laicos y eclesiásticos hicieron lo mismo. 
En 1084, Rüdiger Hutzmann, obispo de Espira, invitó a los judíos a instalarse en su ciudad, «para aumentar mil veces el honor de nuestra ciudad». Con esta finalidad, les concedió una serie de derechos conocidos bajo el nombre de privilegio de Rüdiger.10 Se les cedió un barrio separado para que pudieran montar guardia sobre sus muros, «para que no sean importunados por la muchedumbre». El barrio judío, situado cerca al Rin, estaba rodeado por una muralla y comprendía un cementerio y una sinagoga. Los judíos también contaban con su propia policía, el derecho a contratar servidores cristianos y a vender carne cashrut a los no judíos. Asimismo, podían hacer venir a judíos extranjeros. Su burgomaestre tenía el mismo rango que aquel de Espira. Estos privilegios fueron confirmados por el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en 1090  quien los extendió a Worms. La carta de Worms fue renovada en 1157 por Federico I Barbarrojaque concedió igualmente una carta a la ciudad de Ratisbona en 1182. 
En el siglo XI, la institución rabínica apareció en las comunidades renanas. Se basaba en la preeminencia del rabino, jefe espiritual de la comunidad o de una región entera. Ciertos centros renanos, como Espira, Worms, que poseían una sinagoga de estilo bizantino construida en 1034, o Maguncia dieron al judaísmo occidental una reputación de saber y piedad a semejanza de los centros franceses. Gracias a ellos, el Talmud se convirtió en una obra principalmente occidental.  Surge la pregunta por qué los judíos se beneficiaron de una tolerancia religiosa rara para la época. La respuesta se encontraría en que los judíos fueron considerados testigos de la pasión de Cristo, conservadores de la Antigua Ley y como el pueblo llamado a la conversión en la cercanía del fin de los tiempos. En el siglo X, la Semana Santa, que comenzaba a ser objeto de celebraciones religiosas, se convirtió en un período de acoso o, incluso, persecución para los judíos.2
Gershom ben Judah, apodado Meor HaGolah (Luminaria del exilio), nacido en 960 en Metz y muerto en 1028 en Maguncia, reunió en torno a él a varios discípulos. Profundizó el estudio del Talmud y de la Torá, inspirándose en los métodos de las academias talmúdicas de Babilonia. Introdujo la prohibición de la poligamia, la prohibición de que los hombres se divorcien sin el consentimiento de sus mujeres y la prohibición de las burlas hacia los judíos convertidos a la fuerzaque volvían a su fe. Su fama se extendió a todo el mundo judío medieval. 

De las cruzadas a la Reforma 

La época de las masacres 

Durante las primeras cruzadas, tras los rumores de que los sarracenos habrían tomado los lugares santos con la asistencia de los judíos, se produjeron numerosas masacres de poblaciones judías de Alemania, principalmente en el valle del Rin. Presentes desde hacía siglos, los judíos se convirtieron de repente en extranjeros y en asesinos de Cristo que debían ser castigados antes de liberar los lugares santos.  Fueron masacradas comunidades a todo lo largo del camino de las cruzadas en Renania, Espira, Maguncia, Worms, Ratisbona, tanto más expuestas a la violencia cuanto consideraron improbables las advertencias provenientes de las comunidades judías en Francia. En Maguncia, fueron asesinados 1.100 judíos en un solo día, mientras que la sinagogay los otros edificios de la comunidad fueron destruidos. Si la comunidad de Ratisbona ofreció el espectáculo insólito de un baño colectivo en el Rin para escapar de la muerte, la reacción más común fue, por el contrario, elegir santificar el Nombre Divino y no renunciar a su fe. Estos espectáculos de suicidios colectivos, de madres matando a sus hijos y los maridos a sus esposas marcaron profundamente el imaginario cristiano, llevando a la acusación de asesinato ritual contra los judíos. Unos 12.000 judíos habrían perecido en 1096. Algunas veces, los obispos protegían a la comunidad judía de sus ciudades. El Papa condenó la violencia, a menudo, obra de la escoria de la sociedad, pero los autores de las masacres nunca fueron hostigados, a excepción de un agitador asesinado por el obispo de la ciudad en persona. En 1097, los judíos convertidos a la fuerza fueron autorizados por el emperador Enrique IV a retomar su fe y algunos de sus bienes les fueron restituidos, luego de pagar un fuerte rescate.
Las masacres recomenzaron en 1146, con ocasión de la Segunda Cruzada, bajo la instigación de un monje cisterciense. Gracias a la intervención enérgica de Bernardo de Claraval, las persecuciones cesaron y no alcanzaron la amplitud de las de la Primera cruzada. El reconocimiento de la comunidad judía hacia Bernardo de Claraval fue inmenso. Luego, siguieron las acusaciones de muerte ritual. En Alemania, al igual que en toda Europa occidental, los judíos fueron acusados de asesinar niños con ocasión del Pésaj con la finalidad de recoger su sangre. En Pforzheim, Wissembourg y Oberwesel, se reprodujeron las mismas acusaciones. En 1270, los Judenbreter devastaron las comunidades de Alsacia. En 1285, la comunidad judía de Múnich fue acusada de crimen ritual: 180 judíos, entre hombres, mujeres y niños, fueron encerrados en la sinagoga y quemados vivos en su interior. Se contaron 941 víctimas de la masacre de Wurzburgoen 1298. Ese mismo año, el caballero Rintfleisch devastó la Franconia.8 Solo en la ciudad de Rothenburg, se contaron 470 víctimas. De 1336 a 1339, bandas de campesinos pobres, denominadas los Judenschläger (asesinos de judíos), aterrorizaron la región desde Alsacia hasta Suabia.
La peste negra que causó estragos en Europa desde 1349 fue la ocasión de nuevas acusaciones, como la de haber envenenado los pozos de agua para propagar la enfermedad, y de nuevas masacres. El alcalde de Estrasburgo se negó a creer en los rumores y declaró la intención de proteger a los judíos de la ciudad. Enseguida, fue destuido del cargo y, el 16 de febrero de 1349, más de 900 judíos perecieron en la hoguera.  Los bienes de los judíos fueron saqueados y repartidos entre la burguesía, el obispo y la municipalidad. Esta última garantizó la impunidad de los ciudadanos que hubiesen participado en las masacres.  Los judíos de Worms fueron las siguientes víctimas y no menos de 400 de ellos fueron quemados vivos el 1 de marzo de 1349. El 24 de julio, los judíos de Fráncfort prefirieron inmolarse en holocausto, destruyendo por el fuego una parte de la ciudad. El número más grande de víctimas fue registrado en Maguncia, donde más de 600 judíos perecieron el 22 de agosto de 1349. En esta ciudad, por primera vez, los judíos se defendieron y mataron a más de 200 amotinados; pero, ante la superioridad numérica de agresores y la lucha desigual, se encerraron en sus casas, frente a la elección de morir de inanición o ser bautizados, prendieron fuego a sus casas y murieron en las llamas. Dos días más tarde, fue el turno de los judíos de Colonia y, el mismo mes, los 3.000 habitantes judíos de Erfurt fueron víctimas del odio y de la superstición popular.
En diciembre de 1349 tuvo lugar el ataque de los judíos de Núremberg y de Hanóver. Con el retorno de la calma, los dirigentes de los principados y ciudades germánicas debieron determinar el castigo a infligir a los asesinos de judíos; sin embargo, el Emperador impuso una enorme multa de veinte mil marcos de plata a los habitantes de Fráncfort por la pérdida sufrida a causa de la masacre de los judíos. Otras multas fueron impuestas por los oficiales del tesoro imperial. La sanción principal provino de una ley imperial que dio en herencia al emperador la totalidad de las acreencias debidas a los judíos, de modo que los deudores, a menudo en el origen de los desordenes, ganaron muy poco de estos asesinatos.
En 1510, 40 judíos fueron quemados vivos en el Margraviato de Brandeburgo. Para conservar la memoria de los mártires de las diversas ciudades y regiones, ciertas comunidades redactaron losMemorbücher. Permitieron recordar el nombre de los mártires el día de Yom Kipur y el día del aniversario de las masacres de la Primera Cruzada. El trauma ocasionado por las masacres de los siglos XI y XII fue una de las razones que provocó que los judíos tomaran conciencia de ser una nación en exilio que anhelaba su país de origen. Petahia de Ratisbona escribió incluso un Itinerario en hebreo que permitió a la diáspora judía conocer la Tierra Santa.
En el plano religioso, el cambio de actitud frente a los judíos se puede explicar por la espera escatológica. Había que apresurar el retorno de Cristo convirtiendo la mayor cantidad posible de judíos al cristianismo. El papado que consideraba a los judíos como los «siervos de la Iglesia» no se opuso a la modificación de la condición de los judíos en el Imperio. 

Las comunidades 

Actividades intelectuales y artísticas

A pesar de las persecuciones, los eruditos judíos continuaron comentando la Biblia y el Talmud. Un nuevo movimiento, los Chassidei Ashkenaz («hombres piadosos de Alemania»), expertos tanto en Tossafot como en la Cábala, proporcionaron una educación que influyo a los judíos más allá de los Pirineos. Los rabinos escribieron himnos y lamentos litúrgicos que figuraron en parte en los libros de oración askenazíes. En el siglo XII, Rabbi Samuel ben Kalonymos propuso una doctrina oculta caracterizada por exigencias morales rigurosas y la importancia que daba a la preparación del sacrificio por la fe. En el siglo XIII, su hijo Rabbi Juda se distinguió por sus composiciones litúrgicas y el Sefer ha-Hassidim, el Libro de los devotos. Incluso en el período de la gran peste no puso fin a sus actividades intelectuales. Fue a mediados del siglo XIV cuando el puesto de rabino estuvo reservado para quienes habían realizado estudios y podían proporcionar una autorización escrita de su escuela. Jacob Möllin e Isaac Tyrnau fijaron definitivamente el ritual de las sinagogas alemanas. Fue en Alemania donde aparecieron los Majzorim, un conjunto de libros litúrgicosque contenían las oraciones y piezas litúrgicas de las festividades fijas y móviles anuales. Entre fines del siglo XIII e inicios del siglo XIV, fueron decorados con miniaturas que representaban a seres humanos con cabeza de pájaros u otros animales, para evitar representaciones naturales del hombre. El Majzor de Worms era particularmente famoso. Los Majzorim contenían también los Kinot (elegías) que relataban las persecuciones sufridas. 
Los talleres judíos producían también bellos manuscritos ilustrados. Las miniaturas de las ciudades alemanas se caracterizaron por contener temas muy variados y una iconografía de una gran originalidad: muchos seres híbridos, monstruos, figuras legendarias, elaborados con trazos duros, destacados con colores claros. A inicios del siglo XIV, se propagaron dos técnicas de ornamentación no figurativa: la micrografía, una escritura minúscula cuyas líneas formaban los contornos de los motivos, y la filigrana, un ornamento trazado a pluma con tinta de color. El arte de la miniatura se detuvo bruscamente en 1348, cuando surgió la peste negra y las persecuciones derivadas de ella. En el siglo XV, se produjeron todavía Haggadot de formato pequeño, cuyos márgenes estaban animados por escenas bíblicas enriquecidas con elementos legendarios. 

La organización de las comunidades 

La comunidad o kahal respondía a tres necesidades:
Las necesidades religiosas, para las cuales la comunidad establecía una sinagoga, un cementerio judío, baños rituales y un tribunal que zanjaba problemas tanto de estatus personal como procedimientos civiles y penales. El presidente del tribunal era generalmente el rabino, quien recibía un salario, al igual que el chantre y el sacristán.
La asistencia a los necesitados a través de fondos de caridad y comedores populares. En comunidades grandes, los judíos disponían de un hospicio y un hospital. Todas estas instituciones eran financiadas por el impuesto comunitario y por las donaciones testamentarias.
La defensa y la seguridad de la ciudad y de los bienes. Los jefes de la comunidad negociaban con la autoridad de la cual dependían (emperador, príncipe u obispo) una suma que deducían del conjunto de la comunidad. En muchas ciudades, los judíos debían encargarse de defender la ciudad de sus enemigos. 
Las asociaciones benéficas, conocidas bajo el nombre de havarot, desempeñaron un papel importante en la vida de la comunidad. Estuvieron consagradas a la educación judía, a la instrucción de los niños pobres y a los necesitados. La más activa fue la Hevra kaddisha que se ocupaba de los entierros. La dispersión de las comunidades en el Sacro Imperio volvió difícil la organización de una autoridad central. 
La sinagoga fue, por lo general, construida al centro del barrio judío. La iglesia y el gobierno local imponían, en general, restricciones que limitaban su tamaño. En el mundo askenazí, obedecían los patrones románicos o góticos. Pero, al igual que las salas de oración, solían ser pequeñas y estrechas; como la de Worms, con su planta de dos naves con dos pilares centrales;  y en Ratisbona, es difícil confundirlas con las majestuosas iglesias cristianas.  La sinagoga de estilo gótico constaba de una larga sala dividida por tres pilares que soportaban la bóveda. El atril ocupaba el lugar central. Fue destruida después de la expulsión de los judíos de la ciudad. 

El deterioro de la condición de los judíos 

En 1095, la prohibición de que los judíos portaran un arma, atributo tradicional del hombre libre, fue el anuncio del fin de la cohabitación pacífica entre judíos y cristianos.  A partir del siglo XII, la condición de los judíos alemanes se degradó también en el plano jurídico. Fueron considerados como los descendientes de los prisioneros que Tito había concedido al tesoro imperial; se convirtieron en siervos de la Casa imperial. El emperador exigió de ellos un derecho de protección especial, luego una capitación de un denario de oro por cabeza, en recuerdo del antiguo fiscus judaicus. En 1215, el Cuarto Concilio de Letrán les ordenó llevar consigo una marca de su diferencia: un sombrero particular en forma de cono.  Se multiplicaron las acusaciones de crimen ritual y de profanación de hostias. En julio de 1236, el emperador Federico II Hohenstaufen, que acogió en su corte de Palermo a judíos y musulmanes, convocó a una asamblea de judíos conversos al cristianismo acerca de los supuestos crímenes rituales. Aquellos afirmaron que no existía algo semejante en el judaísmo y, entonces, Federico II rechazó públicamente las acusaciones de crimen ritual.  Pero tal comportamiento fue excepcional: la situación legal de los judíos alemanes siguió deteriorándose. En 1267, el sínodo de Breslavia requirió que todos los judíos vivieran en barrios reservados para separarlos de los cristianos. El aislamiento de los judíos se acentuó. A partir de 1349, después de la peste negra, las puertas de los guetos se cerraban cada noche.  En 1463, el emperador afirmó que podía disponer de los judíos, en cuerpo y bienes, con toda libertad.
Las condiciones económicas de los judíos también se modificaron: abandonaron la agricultura, tanto para reagruparse como para formar comunidades organizadas, en particular, para el culto y las escuelas. Los judíos que tenían plazas privilegiadas en el comercio mediterráneo perdieron su posición cuando se desarrolló el gran comercio italiano o alemán. Su condición de no-cristianos terminó por apartarlos también del comercio interno. Por otra parte, perdieron su función de financistas de los emperadores y señores feudales y debieron abandonar el artesanado que les había brindado una reputación en las ciudades alemanas. No les quedó más que dedicarse al préstamo a riesgo o contra empeño a las poblaciones pobres, actividad muy impopular que les dio la reputación de usureros y explotadores. Los judíos vivían cada vez más replegados en sí mismos. Temían abandonar los guetos por la posibilidad de ser maltratados. Su aislamiento favoreció el surgimiento del yidis. La evolución lingüística de los judíos alemanes fue, desde entonces, diferente a la del resto del país. El yidis integró palabras del hebreo y se convirtió poco a poco en inteligible para los no-judíos. 

Con cada advenimiento imperial, los judíos eran sistemáticamente despojados de sus bienes. Bajo el reinado de Rodolfo I de Habsburgo, los judíos comenzaron a abandonar el Sacro Imperio Romano Germánico. Por temor a perder una importante fuente de ingresos, las autoridades detuvieron al gran rabino Meir de Rothenburg. Desde 1355, los príncipes se apoderaron de una parte de las prerrogativas imperiales y podían tener pleno control de los judíos. Este permiso se extendió a varias ciudades libres. Muchos judíos emigraron de Alemania a Polonia. Boleslao V el Casto en 1264 y Casimiro III de Polonia en 1344 les otorgaron tierras y una condición favorable. A pesar del traslado, mantuvieron al yidis como su lengua de uso. 

Los hijos de los nazis

Martin Bormann, Jr. (1930 - Presente) Hijo

Sus padres fueron asesinos y murieron presos, condenados a la horca o se suicidaron. En un nuevo libro, unos hijos dicen que los admiran, otros que los repudian y algunos los culpan, pero igual los quieren.

Con cuarenta años de diferencia, dos periodistas se preguntan cuál es el peso de ser hijo o hija de un dirigente nazi. Norbert y Stephen Lebert publican un trabajo, Tú llevas mi nombre (Planeta), sobre una serie de entrevistas efectuadas antes de 1959 y en el 2000 a Martin Bormann, Gudrun Himmler, Karl-Otto Saur, Wolf-Rüdiger Hess, Edda Göring, Niklas Frank y Klaus von Schirak, todos descendientes de responsables del III Reich y el Holocausto. 



Algunos de sus progenitores, como Göring o Himmler, se suicidaron con una cápsula de cianuro potásico. Otros, como Hans Frank, el gobernador general de Polonia y responsable de millones de muertes, murieron ahorcados. Rudolph Hess murió muy anciano, como único y último preso en la cárcel de Spandau. Martin Bormann murió al acabar la guerra. Karl-Otto Saur, líder del Partido Nazi, toda su vida fue considerado un traidor por haber delatado en Nuremberg las relaciones de la industria alemana con Hitler. 



El periodista Norbert Lebert publicó en 1959 un extenso trabajo sobre los hijos de los nazis en la revista Weltbild. Cuarenta años más tarde, en 1999, su hijo Stephen, también periodista, descubrió el manuscrito de su padre que había servido de base al trabajo publicado y decidió seguir el mismo camino.



Entre los hijos, hay quienes, como Edda Göring o Gudrun Himmler, guardan una memoria rayana en lo sagrado de sus progenitores. En el caso de la hija de Himmler, el jefe nacional de las SS, es el alma de una organización, Ayuda Silenciosa, que desde su sede de Munich ampara a los viejos nazis. Edda Göring, ahijada de Hitler, en 1958 viajó a la España de Franco y fue recibida por las más altas autoridades.



Otros, como el hijo de Rudolph Hess, mantuvo con su padre, preso en Spandau, una larga relación con 102 visitas. Wolf-Rüdiger Hess, ingeniero, objetor de conciencia y negacionista, se sigue preguntando aún ahora por qué dejaron morir a su anciano padre y sostiene que fue asesinado. W.R. Hess vive para suavizar la figura de su padre, del que publicó una biografía titulada No me arrepiento de nada.



Niklas Frank es periodista en



Stern y admite, sin matices, que su padre, gobernador nazi de Polonia, fue un asesino. En una célebre serie publicada en aquella revista, a mediados de los ochenta, contaba que el día que ahorcaron a su padre, al que llamaba cobarde, corrupto, ansioso de poder, cruel, inestable y asesino, "el hombre que hizo posible Auschwitz", se había masturbado sobre una foto de aquél. 



Niklas Frank recordaba en estos artículos que de pequeño viajó a visitar a su padre a un campo de concentración, donde un soldado lo levantó en volandas ante una casa para que echara un ojo por la mirilla. Le dijo: "Ahí dentro hay una bruja muy mala". Recordaba Frank que había una mujer en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, la mirada cabizbaja. El se echó a llorar y el soldado le dijo: "No temas, pronto estará muerta". "Esas imágenes de mierda son las que llevo dentro", escribía, y añadía que por las noches aún sueña con pilas de cadáveres.



Martin Bormann es el hijo del que fue lugarteniente de Hitler. Hoy dedica su tiempo a la investigación de su padre, al que ama pero no exculpa. "Su firma estaba al pie de demasiados documentos y órdenes importantes. Hoy se puede decir con seguridad que mi padre lo sabía todo", dice. Pero junto a esta aceptación, Martin Bormann hijo lleva siempre en su bolsillo una amarillenta postal que le mandó su padre en 1943 donde lo llamaba "hijo de mi corazón". "Entienda usted que ésa es la imagen que yo tengo como hijo y no me la pueden quitar". 

Visto de uniforme en 1939, Martin fue un ahijado de Adolfo. Él ha pasado gran parte de su vida arrepintiéndose de acciones terribles de su padre, convirtiéndose en un sacerdote católico para servir como misionero en el Congo Belga. Él también se ha unido con grupos judíos para hacer una peregrinación a Auschwitz y viajó a Israel para cumplir con los sobrevivientes del Holocausto. Dice que cuando se enteró de 1946 la condena de su padre, que estaba "completamente destruido" y que "no se puede negar lo que hizo mi padre." 

El hijo menor de Adolf Eichmann, sólo tenía cinco años cuando los israelíes le arrebataron a su padre, cuando regresaba a su casa en Buenos Aires. Ahora, profesor de arqueología de Oriente Medio, ha condenado a su padre en los términos más enérgicos: "No estoy de acuerdo con la pena capital, pero dada la naturaleza de sus crímenes no tengo ningún problema con su ejecución." Fuente: edantclarin

El Levantamiento del Gueto de Varsovia


El Levantamiento del Gueto de Varsovia (en alemán Aufstand im Warschauer Ghetto) fue la sublevación de los judíos del Gueto de Varsovia cuando las tropas alemanas comenzaron la segunda deportación masiva hacia los campos de concentración y exterminio durante la Segunda Guerra Mundial. Ocurrió entre el 19 de abril y el 16 de mayo de 1943 y fue liderada por Mordechai Anielewicz,1 miembro del movimiento juvenil judío Hashomer Hatzair, siendo finalmente aplastada por las tropas de las SS bajo el mando del GeneralJürgen Stroop. Anteriormente se había lanzado un ataque contra los ocupantes alemanes el 18 de enero, donde los judíos polacos salieron bien parados.

Antecedentes

Una vez que Alemania invadió Polonia, la población judía en todo el país empezó a sufrir ataques diariamente. En 1940, la población judía polaca, unos 3 millones, comenzaron a ser reubicados en pequeños sectores de las ciudades polacas, denominados guetos. En el gueto de Varsovia, el más grande de todos, habitaban hacinados unos 380.000 judíos, los que significaba el 30% de la población de la ciudad, en un territorio que ocupaba el 2,4% de su superficie.1 Incluso antes de que los nazis empezaran a transportar a miles de judíos alcampo de concentración de Treblinka, los judíos ya habían comenzado a morir en masa debido a las epidemias y al hambre.
Al iniciarse esta deportación, los líderes de la resistencia judía ordenaron no luchar, ya que creían que los judíos eran enviados a un campo de trabajo, en lugar de un campo de exterminio. A finales del año, la ausencia de noticias de los deportados y los rumores que se filtraban entre los soldados alemanes convencieron a los judíos restantes de la cruda realidad, y cuando escucharon que se avecinaban nuevas deportaciones, decidieron luchar. Sin embargo, de los casi 60.000 judíos que quedaban en el gueto, menos de mil tenían experiencia de combate, y la inmensa mayoría de la población no participó en la resistencia armada.
El 9 de enero de 1943, el jefe de las SS, Heinrich Himmler, ordena la reanudación de las deportaciones del gueto. Los judíos se enteran de esta orden y empiezan a tomar medidas al respecto.

Desarrollo 
Inicio del Levantamiento

El 18 de enero, las autoridades alemanas del gueto intentaron deportar a la población judía restante, pero las organizaciones judías clandestinas Żydowska Organizacja Bojowa (ŻOB) y Żydowski Związek Wojskowy (ŻZW) expulsaron a los opresores y tomaron el control del gueto. Se instalaron puestos de vigilancia en cada esquina y todo judío acusado de haber colaborado con los alemanes fue ejecutado, incluyendo a los miembros de la Gestapo judía.2 Los sublevados no disponían de muchas armas, la mayoría tenía pistolas y revólveres, y contaban con unas docenas de rifles viejos, así como una ametralladora. Disponían de muchos explosivos caseros, así como de granadas proporcionadas por el Armia Krajowa, el Ejército Territorial Polaco.
Cuatro días después de iniciarse la lucha, los alemanes se retiran del gueto e inmediatamente solicitaron refuerzos para recuperar el control del mismo. Por su parte, los judíos empezaron a cavar cientos de búnkers, incluyendo 618 refugios antiaéreos. Estos refugios subterráneos fueron camuflados, y se comunicaban unos con otros a través del desagüe; además contaban con electricidad y agua. Por su parte, los alemanes reunieron unos 2.054 soldados y 36 oficiales alrededor del gueto, incluyendo a 821 granaderos de las Waffen-SS. Asimismo se ordenó a unos 363 miembros de la colaboracionista Policía Azul polaca que rodearan el gueto. Se juntaron tanques, vehículos armados, armas de gas, lanzallamasy artillería para el eventual asalto.
La resistencia polaca vio una oportunidad de actuar en el levantamiento y empezó a intentar pasar armas dentro del gueto. Entre el 19 y el 23 de abril el Ejército Territorial y la comunista Guardia del Pueblo intentaron entrar al gueto desde distintas partes, sin éxito. Una brigada polaca, al mando de Henryk Iwański, incluso penetró en el gueto y logró establecer un enlace con la resistencia judía, ayudando a unos pocos a escapar. La resistencia polaca también transmitió mensajes de radio informando a las potencias aliadas de la desesperada situación dentro del gueto de Varsovia. A pesar de los esfuerzos polacos y judíos para mantener la resistencia, era cada vez más evidente que cuando los alemanes atacaran con toda su fuerza, el gueto caería.

El contraataque alemán

En la noche del Pésaj, el 19 de abril de 1943, insurgentes judíos lanzaron bombas molotov y granadas de mano cuando los soldados alemanes empezaron a avanzar hacia el gueto. Dos tanques franceses, capturados por Alemania, fueron destruidos por los hombres de la ZOB y la ZZW. Los soldados de las SS comenzaron entonces a quemar casa por casa, demoler sótanos y desagües, y a asesinar a todo judío que capturaban.
Cuatro días después, la lucha organizada acabó. Desde entonces los judíos se esconden en los refugios que habían construido, aunque centenares son capturados. Muchos se suicidan, y algunas mujeres detonan granadas que tenían escondidas bajo su ropa cuando son arrestadas.
Sabiendo que el final del levantamiento se acercaba, la población civil se aglomeró en las puertas del gueto, más que todo por curiosidad, porque el antisemitismo y el miedo a los nazis habían ahogado cualquier simpatía hacia la causa judía. El gueto continúa siendo arrasado diariamente, y el general Jürgen Stroop relata en su diario como "familias enteras se arrojan por las ventanas de los edificios incendiados". El 6 de mayo apunta que ha capturado a 1.500 judíos y han asesinado a 365 combatientes, a los que Stroop califica como bandidos.
Debido a las tácticas de guerrilla de las que hacen uso los judíos, los alemanes dejan de atacar por la noche. Los insurgentes judíos y polacos aprovechan para intentar romper el cerco alrededor del gueto, pero fracasan. Para el 8 de mayo se totalizan 20 días de combates continuos. En este punto los edificios del gueto son unas ruinas humeantes, y en sus sótanos se encuentran escondidos los supervivientes, que comparten el refugio con los cadáveres de los caídos, que a su vez son devorados por las ratas. Ese mismo día los alemanes toman el cuartel general del ZOB, siendo ejecutados inmediatamente todos los que se encontraban allí. Mordechai Anielewicz y su novia se suicidan antes de la llegada de los alemanes; también lo hacen la mayoría de los líderes. Otro dirigente, Marek Edelman, logra escapar gracias a un camión de la Armia Krajowa, que espera camuflado en una alcantarilla a las afueras del gueto. Los alemanes deciden que ya es hora de acabar con la lucha y empiezan a incendiar el gueto, los sobrevivientes se esconden en las alcantarillas, padeciendo un hambre y sed atroces. Sin municiones, no pueden suicidarse, por lo que piden a sus compañeros que los maten. Para evitar que el incendio pase los límites del gueto, los bomberos de Varsovia son desplegados afuera.
El 16 de mayo, Stroop declara que la batalla ha terminado y la sinagoga de la calle Tlomacka es demolida como símbolo del fin de la existencia judía en Varsovia. Los colaboracionistas polacos inician la persecución de los supervivientes del gueto, y le ponen un nombre a la misma: la caza del judío. Sin embargo, muchos logran escapar, viviendo escondidos hasta el alzamiento de 1944, donde las fuerzas alemanas también triunfaron.

Legado

En total, unos 7.000 judíos murieron en el ataque alemán. Otros 6.000 se quemaron o asfixiaron en los búnkeres que ellos habían construido. El resto, unos 40.000, fueron enviados a campos de exterminio, principalmente al de Treblinka.1 En el informe del 13 de mayo de 1943, Jürgen Stroop decía: 180 judíos, bandidos y subhumanos han sido aniquilados. El sector judío de Varsovia ya no existe. Las operaciones a gran escala finalizaron a las 20.15 horas al hacer explotar lasinagoga de Varsovia. El número total de judíos con lo que se actuó fue: 56.065, incluyendo judíos capturados y judíos cuya exterminación puede ser probada.
La mayoría de los edificios del gueto fueron barridos a ras del suelo. En el sitio se estableció el campo de concentración de Varsovia, oficialmente Konzentrationslager Warschau, que se utilizó para encerrar polacos y funcionó también como campo de fusilamiento. La fecha exacta de fundación es controvertida, ya que gracias a una carta de Heinrich Himmler se conoce que un campo de este tipo funcionaba en el gueto o a sus alrededores antes del levantamiento judío.
Durante el levantamiento de Varsovia, el Armia Krajowa liberó a unos 380 judíos del gueto, que estaban en la cárcel alemana ubicada en la calle Gęsia, hoy en día rebautizadaAnielewicz, en honor al comandante del ZOB. Muchos de estos judíos se unieron inmediatamente al Armia Krajowa, al igual que unos pocos judíos que habían estado subsistiendo en las alcantarillas de Varsovia desde el año anterior.
Los líderes del ŻOB, Icchak Cukierman y Zivia Lubetkin, sobrevivieron al exterminio del gueto y años después testificaron en el juicio contra Adolf Eichmann en Israel. Ambos murieron en ese país. Fuente: wikipedia

La basura bloquea las aceras de Madrid el cuarto día de huelga


Madrid ha vuelto a amanecer cubierto de una gruesa capa de basura. La huelga indefinida en los servicios de limpieza viaria y jardinería llega a su cuarto día y los efectos comienzan a pasar de lo evidente a lo increíble. 
Las aceras acumulan restos de muebles, plásticos, peladuras de naranjas y plátanos, cartones y un largo etcétera hasta el punto de que algunas aceras se encuentran completamente bloqueadas. La suciedad plaga las puertas de las tiendas y los bares, cuyos trabajadores se apresuran a eliminar los desperdicios a base de escoba y cubos de agua.
En el barrio de Usera, uno de los más sucios de la ciudad ya antes del inicio de la huelga, la propietaria de una panadería se queja: "Antes ya estaba sucio, pero esta semana es increíble", afirma. "Ni sé quien tiene la culpa de esto ni me importa. No sé si los barrenderos o el Ayuntamiento, pero alguien tendrá que solucionarlo. Sólo quiero que acabe la huelga", dice.
Dos calles más abajo, un vecino del barrio comenta con un amigo el estado del barrio. "Es insoportable, hay calles por las que no se puede pasar de la cantidad de mierda que hay", afirma. A lo que le responde el compañero: "La culpa es de la Botella [Ana Botella, alcaldesa de Madrid] que no sé dónde se gasta el dinero y tiene a los barrenderos cabreados. Es normal, con lo poco que cobran y ahora quieren despedir a mil y pico y bajarles el sueldo...", critica.
Avanzando hacia el centro, el estado empeora. Las papeleras del Paseo de las Delicia están a rebosar, eso las que aún permanecen encajadas en su soporte. El barrio de Lavapiés aloja calles que parecen un auténtico vertedero. En una de sus estrechas calles, el dueño de una cafetería vierte cubos de agua en la puerta. "No es sólo la basura lo que molesta, sino el olor", explica. "Cuando he abierto el bar, a las 9 de la mañana, he recogido dos bolsas llenas de basura. Apestaba a pis y he tenido que echar varios cubos", añade.
Aunque entre queja y queja, tiene palabras de comprensión para los barrenderos. "El Ayuntamiento lleva varios años bajando el presupuesto para la limpieza y ahora, además, van a despedir a muchos. Es lógico que protesten por mantener sus puestos de trabajo y sus salarios", explica, aunque espera que "Botella haga algo pronto para que acabe, porque la limpieza de las calles es un servicio público que tiene que garantizar el Ayuntamiento. No importar que esté privatizado, es su responsabilidad tener la ciudad limpia", concluye.
Cerca de la Plaza Mayor, un montón de cartones, ropa y desperdicios orgánicos saluda a los turistas que se prestan a cruzar el arco. Una anciana observa la basura con perplejidad y moviendo la cabeza. Ella sí culpa a los barrenderos que "están ensuciando a posta y tirando la basura de los contenedores", dice. "Anoche los vi y se lo dije. Me dijeron: "señora es por nuestros sueldos y nuestros trabajos" y se fueron. Yo creo que no hace falta ensuciar a posta porque ya bastante basura tiramos a diario", argumenta.
En el barrio de Tribunal, en pleno centro de la capital, la suciedad invade las plazas por las que transitan turistas asombrados. Los bancos sirven para acumular latas de cerveza y cartones de pizza en lugar de viandantes que hacen un receso en su actividad. Hay vómitos y excrementos de animales con la huella de un desafortunado que no pudo esquivarlo. La capital es un cuadro dantesco si se sale de los lugares pictóricos como la Puerta del Sol, Callao o Preciados.

Seguimiento masivo

Mientras Madrid rezuma un aroma recargado, una mezcla de polución, orines y ese olor ácido que desprenden las bolsas de basura amontonadas junto a los contenedores, los barrenderos y jardineros continúan con su lucha contra los 1.144 (1.134 según las empresas) anunciados por tres de las cuatro concesionarias y contra la reducción salarial que pretenden las cuatro empresas, que supera el 40% y les dejaría al borde del salario mínimo interprofesional, poco más de 600 euros.
El tercer día de huelga también tuvo un seguimiento masivo, de entre el 97% y el 100%, afirma Moisés Torres, portavoz de UGT. Según el sindicalista, esa "guerrilla urbana" de la que el delegado de Medio Ambiente y Movilidad, Diego Sanjuanbenito, les acusaba es algo anecdótico que ocurrió el primer día. "Hicimos un llamamiento a la calma porque el vandalismo no beneficia nuestra lucha y ahora ya todo está más tranquilo, aunque seguimos haciendo piquetes en los cantones", afirma.
Torres asegura que la huelga continuará el tiempo que sea necesario. "Estamos a expensas del Ayuntamiento, porque las empresas no varían sus posturas", asegura. Este jueves ha habido una reunión de conciliación para abordar el tema de los tres EREs presentados por Valoriza (de Sacyr, FCC-Alfonso Benítez y OHL-Ascan), pero ha acabado sin acuerdo una vez más. "Sabemos que la alcaldesa se ha reunido esta mañana con las empresas, pero no ha trascendido nada de momento", señala el sindicalista.
El Ayuntamiento, por el momento sigue desligándose de la huelga y centra los servicios mínimos - del 40% para los barrenderos del servicio de urgencia (Selur)- en zonas céntricas y de interés turístico, algo para lo que ha puesto una escolta policial que acompaña al camión y a los trabajadores para garantizar su cumplimiento.
Desde UGT aseguran que se presentan en sus puestos el 100% de los trabajadores de servicios mínimos, pero que algunos no pueden salir, no por la acción de los piquetes, sino "porque la propia empresa los retiene o por impedimento de la policía al no tener los vehículos la documentación en regla.
El fin de semana llama a la puerta de un conflicto que los sindicatos esperan largo. Los jóvenes saldrán a tomar copas y volverán a casa dejando algún que otro resto. Varias asociaciones de vecinos se temen lo peor debido al botellón y han pedido al Ayuntamiento que tome medidas para evitar que la suciedad del fin de semana se acumule indefinidamente. Fuente: público