LANÚS RESA



Llego como siempre a Buenos Aires con esa sensación de ruidos sordos, pisadas en silencio y montañas de cemento acechando al sol que al fin, quedará atrapado en alguna piscina de un escondido y distinguido pent house. Me encanta perderme en el mundo de los subtes; pero esta vez no cederé a esa experiencia. Me acerco a la parada del colectivo que me llevará a Lanús desde la plaza Miserere, que no es otra que la plaza Once (de Setiembre) y que bien podría haberse llamado Rivadavia; aunque por las curvilíneas y fusiladas muchachas de ébano que pululan por sus veredas y fuente, podría llamarse plaza dominicana. En fin, después de evocar a tanguito en la “Perla” me zambullo en el micro con mis únicas monedas que, no sé por qué, escasean y me voy para Remedios de Escalada.


Creo que la avenida Irigoyen es “La Avenida” en Lanús Oeste y ahí, precisamente en un shop de una estación de servicio, me viene a buscar algo dormido, el escritor Pablo Resa. La sombra de los plátanos nos traga en una calle de casas antiguas y veredas de viejos y desprolijos mosaicos. 


En pocas cuadras nos ponemos al tanto de todo el anecdotario de la literatura argentina, me refiero a nosotros, a los poetas vivos que habla Whitman, que aun andamos aprendiendo y que tratamos de crecer día a día. Resa es muy querido y mejor conocido en su barrio. En una panadería, después de las presentaciones con tantas honras hacia mi persona por parte del poeta, nos vamos con tortillas y biscochos para el infaltable mate que nos sumergirá en lo que yo llamo: “El Taller de Pablo Resa”, pues enriquece tanto una charla con el mismo que es como un curso acelerado de poesía y escritura. Claro, este loco marplatense tiene medio Sudamérica visitada y casi toda la República Argentina conociendo escritores, escritoras y poetas en todos los encuentros habidos y por haber.


 Su casa es de principios del siglo XX, con altas puertas con postigos de madera, un patio interno con murales pintados por Noelia Ferradas con mares turbulentos y un faro en medio de la noche azul. Dos excelentes bicicletas para largos recorridos con alforjas, cañas de pescar, macetas con plantas desconocidas, reposeras blancas y mesas con pinturas para otra pared que espera.

 
-“¡Pasá!” Me invita abriendo una puerta dentro del patio. Ingreso en una habitación llena de testimonios de sus premios literarios, estatuillas de sus viajes por Chile, instrumentos musicales de los pueblos primitivos, un placard y una cama preparada para mi estadía. Dejo mi bolso e ingreso a un living comedor con muebles y sillones Luis XV y un enorme espejo biselado donde se reflejaba su gran biblioteca alimentada durante años y años de lectura. De los estantes me miran Cortázar, Neruda con su mujer caminando en la playa, y otras fotografías de consagrados poetas muertos que resultan imposibles desconocerlos en nuestro camino de las letras. Los libros de Fijman, Pizarnic y otros emblemas de las metáforas inalcanzables.


Mate de por medio, Resa de Lanús, comienza el ritual de deshacerse de sus cosas y regalar presentes tras presentes: libros, estatuillas, fotografías, lapiceras, etc., etc., etc., Resa de Lanús no me deja gastar ni en el almuerzo ni en las otras comidas del día. No mezquina conversación, conocimiento, dinero, ni cariño de hermano. Me presta su SUBE para que no ande nervioso buscando monedas para moverme. Lanús Resa. ¡Que buena gente carajo! Y yo debiendo favores a Marina Kohon en Bahía, a Gonzalo Zurano en Haedo, a Alberto Feldman en la Capital. Las horas de atenciones que le debo a Aldo Luis Novelli que se vino a Salta, justo cuando andaba a full con las cuestiones del encuentro “Salta Nuestra Cultura”. 


Nos despedimos una tarde de lluvia de diciembre. Lanús Resa iba a realizar su trabajo de fin de clases en su carrera de Psicología Social; yo a tomar el micro que me traería a Salta. La amistad ya estaba sellada hace tiempo.



El recuerdo de Quebracho.