Solidarność


La historia de Solidarność, un sindicato no gubernamental polaco, comenzó en agosto de 1980 en los astilleros de Gdańsk, donde Lech Wałęsa junto a otras personas fundaron el sindicato Solidaridad (en polaco: Solidarność (?·i)). A principios de los años 1980, Solidaridad se convirtió en el primer sindicato independiente en un país del Bloque soviético que dio lugar a un amplio movimiento social anticomunista. En su momento de apogeo, este movimiento logró reunir a aproximadamente 10 millones de miembros, entre los cuales se contaban tanto a personas asociadas con la Iglesia católica1 como a miembros de la izquierda anticomunista, que contribuyeron ampliamente a la caída del comunismo. Solidaridad se caracterizó por abogar a favor de la no violencia en las actividades de sus miembros.   
El gobierno de la República Popular de Polonia intentó destruir el sindicato por medio del establecimiento de la ley marcial en 1981, seguida de varios años de represión política; aunque, al final, fue forzado a empezar a negociar con el sindicato. Las negociaciones de la mesa redonda entre el gobierno y la oposición liderada por Solidaridad tuvieron como resultado las elecciones de 1989. Hacia fines de agosto de 1989, se había conformado un gobierno de coalición liderado por Solidaridad y, en diciembre de 1990, Wałęsa fue elegido presidente de Polonia. Poco después, se continuó con el desmantelamiento del sistema gubernamental comunista y con la transformación de Polonia en un estado democrático al uso occidental. La supervivencia de Solidaridad significó un quiebre en la postura de línea dura del comunista Partido Obrero Unificado Polaco (PZPR), lo que era un acontecimiento sin precedentes no solo para la República Popular de Polonia -perteneciente al área de influencia de la URSS y un un sistema de organización política de Estado socialista unipartidista —, sino para el todo el Bloque Oriental. El ejemplo de Solidaridad contribuyó a la propagación de ideas y movimientos anticomunistas a lo largo de los países del Bloque Oriental, lo cual debilitó a sus gobiernos; un proceso que eventualmente culminó en las Revoluciones de 1989 ("el Otoño de las Naciones"), auspiciado por las potencias occidentales.
En los años 1990, la influencia de Solidaridad sobre la escena política de Polonia disminuyó. En 1996, se fundó un brazo político del movimiento "Solidaridad", laAcción Electoral Solidaridad (AWS), que ganaría las elecciones polacas parlamentarias en 1997, para perder las siguientes elecciones de 2001, después de realizar una política de corte conservador. Desde entonces, Solidaridad ha tenido poca influencia como partido político, aunque se convirtió en el sindicato más importante de Polonia.

Raíces pre–1980 

En las décadas de 1970 y 1980, el éxito inicial de Solidaridad, en particular, y de los movimientos disidentes, en general, fue alimentado por una crisis que se intensificaba en las sociedades de estilo soviético debido al deterioro moral, el empeoramiento de las condiciones económicas (una economía de escasez) y las tensiones crecientes de la Guerra Fría. Luego de un breve periodo de boom económico, desde 1975, las políticas del gobierno polaco liderado por el Primer Secretario del Partido Edward Gierek precipitaron el hundimiento en una creciente depresión al ascender la deuda externa. En junio de 1976, tuvieron lugar las primeras huelgas obreras que involucraron incidentes violentos en fábricas en Płock, Radom y el distrito de Ursus en Varsovia.6 Cuando estos incidentes fueron sofocados por el gobierno, el movimiento obrero recibió apoyo deintelectuales disidentes, muchos de los cuales estaban asociados con el Comité de defensa de los obreros (en polaco, Komitet Obrony Robotników; abreviado KOR), formado en 1976. El año siguiente, "KOR" fue renombrado como el Comité para la autodefensa social (KSS-KOR).
El 16 de octubre de 1978, el obispo de Cracovia, Karol Wojtyla fue elegido papa. Un año después, durante su primera peregrinación a Polonia, las masas se volcaron a las calles por millones. Juan Pablo II hizo un llamado por el respeto a las tradiciones nacionales y religiosas. Asimismo, abogó por la libertad y los derechos humanos, al mismo tiempo que denunciaba la violencia. Para muchos polacos, el Papa representaba una fuerza espiritual y moral que podía hacer frente a las fuerzas materiales brutas; era un líder de cambio y se convirtió en un símbolo importante —y partidario— de los cambios por venir.

Primeras huelgas (1980–1981)

Las huelgas no ocurrieron meramente debido a los problemas que habían surgido poco antes del malestar laboral, sino debido a las dificultades gubernamentales y económicas que databan de más de una década atrás. En julio de 1980, al enfrentarse a una crisis económica, el gobierno de Edward Gierek decidió incrementar los precios, a la vez que disminuía el aumento de los salarios. Inmediatamente, siguió una ola de huelgas y ocupaciones de fábricas,  teniendo lugar las principales huelgas en el área de Lublin. La primera huelga empezó el 8 de julio de 1980 en la Fábrica aeroespacial estatal en Świdnik). Si bien las huelgas no tenían una coordinación central, los trabajadores habían desarrollado una red de información que difundía noticias sobre su lucha. Un grupo "disidente", el Comité de defensa de los obreros ("KOR"), que había sido originalmente fundado en 1976 para organizar la ayuda para los obreros victimizados, atrajo a pequeños grupos de militantes de clase obrera en los principales centros industriales. En el astillero de Gdansk, el despido de Anna Walentynowicz, una popular operadora de grúas y activista, impulsó a los indignados trabajadores a tomar acciones. 
El 14 de agosto, los trabajadores del astillero empezaron la huelga, organizada por el Sindicato Libre de la Costa (Wolne Związki Zawodowe Wybrzeża). Los obreros fueron liderados por el electricista Lech Wałęsa, un ex trabajador del astillero que había sido despedido en 1976. El comité huelguista demandaba la recontratación de Walentynowicz y de Wałęsa, así como el compromiso de respetar los derechos de los trabajadores y otras preocupaciones sociales. Además, solicitaron el levantamiento de un monumento a los trabajadores de astilleros que habían sido asesinados en 1970, así como la legalización de sindicatos independientes. El gobierno polaco impuso la censura y los medios de comunicación oficiales dijeron poco sobre los "disturbios laborales esporádicos en Gdansk"; como una precaución extra, todas las conexiones telefónicas entre la costa y el resto de Polonia fueron pronto cortadas;  sin embargo, el gobierno no logró contener la información: se propagó una ola de "samizdats", incluyendo el periódico Robotnik (El Trabajador) y rumores, junto con las trasmisiones de Radio Free Europe que penetraban la Cortina de Hierro, asegurando que las ideas del emergente movimiento Solidaridad fueran rápidamente difundidas.
El 16 de agosto, delegaciones de otros comités de huelga llegaron al astillero.  Los delegados (Bogdan Lis, Andrzej Gwiazda y otros), junto con los huelguistas del astillero, acordaron la creación de un Comité de huelgas inter-empresarial (Międzyzakładowy Komitet Strajkowy o MKS). El 17 de agosto, el cura Henryk Jankowski realizó una misa afuera de la entrada del astillero, en la cual se presentaron 21 demandas de la "MKS". La lista fue más allá de asuntos puramente locales, empezando con una demanda por sindicatos nuevos e independientes y siguiendo con el reclamo por una relajación de la censura, el derecho a huelga, nuevos derechos para la Iglesia, la liberación de prisioneros políticos y mejoras en el servicio nacional de salud. 
Al día siguiente, una delegación del KOR que incluía a Tadeusz Mazowiecki llegó para ofrecer su asistencia en las negociaciones. Un periódico clandestino, Solidarność, producido en la imprenta del astillero con la asistencia de los intelectuales de KOR, alcanzó un tiraje diario de 30.000 copias.4 Mientras tanto, la canción de protesta deJacek Kaczmarski, Mury (Muros), ganó popularidad entre los trabajadores. 
El 18 de agosto, el astillero de Szczecin se unió a la huelga bajo el liderazgo de Marian Jurczyk. Un maremoto de huelgas golpeó la costa, lo que ocasionó el cierre de los puertos y el paro de la economía. Con la asistencia de KOR y el apoyo de muchos intelectuales, los obreros que ocuparon fábricas, minas y astilleros en toda Polonia unieron sus fuerzas. En pocos días, más de 200 fábricas y empresas se habían unido al comité de huelga. Para el 21 de agosto, la mayor parte de Polonia estaba afectada por las huelgas, desde los astilleros de la costa hasta las minas de la región metropolitana de Silesia Superior (en la Alta Silesia, la ciudad de Jastrzębie-Zdrój se convirtió en el centro de las huelgas, con un comité separado organizado allí). Se formaron cada vez más sindicatos nuevos y se unieron a la federación. Gracias al apoyo popular al interior de Polonia, así como al apoyo internacional y a la cobertura mediática, los trabajadores de Gdansk resistieron hasta que el gobierno accedió a sus demandas. El 21 de agosto, una comisión gubernamental (Komisja Rządowa) que incluía a Mieczysław Jagielski llegó a Gdansk, mientras que otra comisión con Kazimierz Barcikowski fue despachada a Szczecin. El 30 y 31 de agosto y el 3 de septiembre, los representantes de los obreros y el gobierno firmaron un acuerdo que ratificaba muchas de las demandas de los obreros, incluyendo el derecho a la huelga.4 Este acuerdo fue conocido como el Acuerdo de Agosto o de Gdansk (Porozumienia sierpniowe). El 3 de septiembre, se firmó otro acuerdo en Jastrzębie-Zdrój, mismo que fue llamado el Acuerdo de Jastrzębie (Porozumienia jastrzebskie), aunque es visto como parte del acuerdo de Gdansk. Aunque los temas se referían a los sindicatos, el acuerdo permitió a los ciudadanos introducir cambios democráticos dentro de la estructura política comunista y fue visto como el primer paso hacia el desmantelamiento del monopolio del poder del Partido Obrero Unificado Polaco.  Las mayores preocupaciones de los obreros fueron el establecimiento de un sindicato independiente del control del partido comunista y el reconocimiento del derecho legal a la huelga. En cambio, las necesidades de los trabajadores no recibirían una clara representación.  Otra consecuencia del acuerdo de Gdansk fue el reemplazo, en septiembre de 1980, de Edward Gierek por Stanisław Kania en el cargo de Primer Secretario del Partido.

Primera etapa de Solidaridad (1980-1981)

Animados por el éxito de las huelgas de agosto, el 17 de setiembre, los representantes de los sindicatos, incluyendo a Lech Wałęsa, formaron un sindicato a nivel nacional, Solidaridad (Niezależny Samorządny Związek Zawodowy (NSZZ) "Solidarność"). Fue el primer sindicato independiente en un país del bloque soviético.  Su nombre fue sugerido por el historiador Karol Modzelewski y su famoso logo fue concebido por Jerzy Janiszewski, diseñador de muchos posters relacionados con Solidaridad. Los poderes supremos del nuevo sindicato fueron conferidos a un cuerpo legislativo, la Convención de Delegados (Zjazd Delegatów), mientras que la rama ejecutiva fue la Comisión Coordinadora Nacional (Krajowa Komisja Porozumiewawcza), más tarde llamada la Comisión Nacional (Komisja Krajowa). El sindicato tenía una estructura regional que comprendía a 38 regiones (region) y dos distritos (okręg).  El 16 de diciembre de 1980, se desveló el Monumento a los trabajadores de astilleros caídos en 1970. El 15 de enero de 1981, una delegación del sindicato Solidaridad, incluyendo a Lech Wałęsa, se reunieron en Roma con el papa Juan Pablo II. Del 5 al 10 de setiembre y del 26 de setiembre al 7 de octubre, tuvo lugar el primer congreso nacional de Solidaridad y Lech Wałęsa fue elegido su presidente. 
Mientras tanto, Solidaridad se había transformado a sí mismo de un sindicato a un movimiento social  o, más específicamente, un movimiento revolucionario.  Durante los 500 días que siguieron al acuerdo de Gdansk, 9-10 millones de obreros, intelectuales y estudiantes se unieron a él o a sus suborganizaciones,  tales como el sindicato estudiantil independiente (Niezależne Zrzeszenie Studentów, creado en setiembre de 1980), el sindicato independiente de agricultores (NSZZ Rolników Indywidualnych "Solidarność", creado en mayo de 1981) y el sindicato independiente de artesanos.  Fue la única vez en la historia que un cuarto de la población polaca (aproximadamente el 80% del total de la fuerza laboral en Polonia) se había unido voluntariamente a una única organización. "La Historia nos ha enseñado que no hay pan si libertad," sostenía el programa de Solidaridad un año más tarde. "Lo que teníamos en mente no solo era pan, mantequilla y salchichas, sino también justicia, democracia, verdad, legalidad, dignidad humana, libertad de convicciones y la reparación de la república."  Tygodnik Solidarność, un periódico publicado por Solidaridad, fue abierto en abril de 1981.
Usando las huelgas y otras acciones de protestas, Solidaridad procuró forzar el cambio en las políticas gubernamentales. Al mismo tiempo, tuvo cuidado en nunca usar la fuerza o la violencia, para evitar darle al gobierno cualquier excuso para involucrar a las fuerzas de seguridad.  Luego que 27 miembros de Solidaridad de Bydgoszcz fueran golpeados el 19 de marzo, el 27 de marzo una huelga de cuatro horas que involucró a medio millón de personas paralizó el país. Esta fue la mayor huelga en la historia del Bloque del Este,  y forzó al gobierno a prometer una investigación sobre las golpizas. Esta concesión y el acuerdo de Wałęsa para diferir más huelgas provocó un revés al movimiento, cuando amainó la euforia que se había extendido en la sociedad polaca;4 no obstante, el partido comunista polaco —el Partido Obrero Unificado Polaco (PZPR)— había perdido su control total sobre la sociedad. 
Pero, mientras Solidaridad estaba lista para retomar las negociaciones con el gobierno,  los comunistas polacos no estaban seguros de qué hacer, por lo que daban declaraciones huecas y esperaban el momento oportuno. Con el antecedente de una crecientemente deteriorada economía comunista de escasez y la falta de voluntad de negociar seriamente con Solidaridad, con el tiempo fue claro que el gobierno comunista tendría que sofocar el movimiento de Solidaridad como la única manera de resolver el impasse o encarar una situación verdaderamente revolucionaria. La atmósfera fue cada vez más tensa, con varias secciones locales llevando a cabo un creciente número de huelgas sin coordinación en respuesta al empeoramiento de la situación económica.  El 3 de diciembre, Solidaridad anunció que se realizaría una huelga de 24 horas si el gobierno concedía poderes adicionales para suprimir la disensión y que una huelga general sería declarada si aquellos poderes eran usados.

Ley marcial (1981–83)

Luego del acuerdo de Gdansk, el gobierno polaco estaba bajo una gran presión por parte de la Unión Soviética para tomar acciones y fortalecer su posición. Stanisław Kania era visto en Moscú como demasiado independiente y el 18 de octubre de 1981, el Comité del Partido Central lo puso en la minoría. Kania perdió su puesto como Primer Secretario y fue reemplazado por el Primer Ministro (y Ministro de Defensa) generalWojciech Jaruzelski, quien adoptó una política de mano dura. 
El 13 de diciembre de 1981, Jaruzelski comenzó a tomar medidas enérgicas sobre Solidaridad declarando la ley marcial y creando un Consejo militar de salvación nacional (Wojskowa Rada Ocalenia Narodowego oWRON). Los líderes de Solidaridad, reunidos en Gdansk, fueron arrestados y aislados en instalaciones vigiladas por el Servicio de Seguridad (Służba Bezpieczeństwa o SB), y unos 5.000 simpatizantes de Solidaridad fueron arrestados en la mitad de la noche. La censura se expandió y las fuerzas militares aparecieron en las calles.  Tuvieron lugar unas cien huelgas y ocupaciones, principalmente en las grandes fábricas y en varias minas de carbón en Silesia, pero fueron controladas por la tropa de choque paramilitar ZOMO. Una de las mayores manifestaciones tuvo lugar el 16 de diciembre de 1981 en la mina de carbón de Wujek enKatowice, donde las fuerzas gubernamentales abrieron fuego a los manifestantes, matando a nueve4 e hiriendo gravemente a 22.  Al día siguiente, durante una protesta en Gdansk, las fuerzas gubernamentales abrieron nuevamente fuego a los manifestantes, matando a uno e hiriendo a dos. Para el 28 de diciembre de 1981, las huelgas habían cesado y Solidaridad parecía haber sido incapacitado. La última huelga de 1981 terminó el 28 de diciembre y se llevó a cabo en la mina de carbón de Piast en el pueblo de Bieruń en la Alta Silesia. Fue la huelga bajo tierra más extensa en la historia de Polonia, durando 14 días. Unos 2.000 mineros la iniciaron el 14 de diciembre, yendo a 650 metros bajo tierra, de los cuales la mitad se quedó hasta el último día. Muertos de hambre, se rindieron después que las autoridades militares les prometieron que no serían procesados. El 8 de octubre de 1982, el sindicato Solidaridad fue ilegalizado y prohibido. 
El rango de apoyo de Solidaridad era único: ningún otro movimiento en el mundo era apoyado por Ronald Reagan y Santiago Carrillo, Enrico Berlinguer y el papa Juan Pablo II, Margaret Thatcher y Tony Benn, activistas pacifistas y portavoces de la OTAN, cristianos y comunistas occidentales, conservadores, liberales y socialista.  La comunidad internacional fuera de la Cortina de Hierro condenó las acciones de Jaruzelski y declaró apoyar a Solidaridad; para este propósito, se formaron organizaciones como, por ejemplo, Polish Solidarity Campaign en Gran Bretaña).  El presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan impuso sanciones económicas a Polonia que eventualmente forzarían al gobierno polaco a liberalizar sus políticas.  Mientras tanto, la CIA  junto con la Iglesia Católica y varios sindicatos occidentales, tales como la AFL-CIO, proveyeron fondos, equipos y consejería a las actividades clandestinas de Solidaridad. La alianza política de Reagan con el Papa probaría ser importante para el futuro de Solidaridad.  El público polaco también apoyaba lo que quedaba de Solidaridad. Un medio importante para manifestar el apoyo a Solidaridad fueron las misas celebradas por sacerdotes, como Jerzy Popiełuszko. 
En julio de 1983, la ley marcial fue formalmente levantada, aunque hasta mediados o fines de la década de 1980, quedó mucho mayor control sobre las libertades civiles y la vida política, así como el racionamiento de comida. 

Solidaridad en la clandestinidad (1982–88) 

Casi inmediatamente después que la cúpula legal de Solidaridad fue arrestada, las estructuras clandestinas comenzaron a surgir. El 12 de abril de 1982, radio Solidaridad comenzó sus transmisiones.  El 22 de abril, Zbigniew Bujak, Bogdan Lis, Władysław Frasyniuk y Władysław Hardek crearon una Comisión coordinadora interina (Tymczasowa Komisja Koordynacyjna) que serviría como la dirigencia clandestina de Solidaridad.  El 6 de mayo, fue creada otra organización clandestina de Solidaridad, la Comisión coordinadora regionalNSSZ "S" (Regionalna Komisja Koordynacyjna NSZZ "S") por Bogdan Borusewicz, Aleksander Hall, Stanisław Jarosz, Bogdan Lis y Marian Świtek.  En junio de 1982, se creó la organización "Luchando por Solidaridad" (Solidarność Walcząca) organization. 
A mediados de la década de 1980, Solidaridad perseveró como una organización exclusivamente clandestina.  Sus activistas eran perseguidos por el Servicio de Seguridad (SB), pero lograban reponerse. El 1 de mayo de 1982, una serie de protestas antigubernamentales reunieron a cientos de participantes en Cracovia, Varsovia y Gdansk.  El 3 de mayo, tuvieron lugar más protestas durante las celebraciones de la Constitución del 3 de mayo. Ese día, los servicios secretos comunistas asesinaron a cuatro manifestantes, tres de ellos en Varsovia y uno en Wrocław. Otra ola de manifestaciones ocurrió el 31 de agosto de 1982, en el primer aniversario del Acuerdo de Gdansk. En suma, ese día seis manifestantes fueron asesinados, tres de ellos en Lubin, uno en Kielce, uno en Wrocław y uno en Gdańsk. Otra persona fue asesinada ese día, durante una manifestación en Częstochowa. Además, se sucedieron huelgas en Gdansk y en Nowa Huta entre el 11 y el 13 de octubre.21 En Nowa Huta, un estudiante de 20 años, Bogdan Wlosik, fue tiroteado por un oficial del servicio secreto.
El 14 de noviembre de 1982, Lech Wałęsa fue liberado.  Sin embargo, el 9 de diciembre la SB llevó a cabo una gran operación anti-Solidaridad, en la cual arrestaron a más de 10.000 activistas. El 27 de diciembre, los bienes de Solidaridad fueron transferidos por las autoridades a un sindicato pro-gobierno, la Alianza panpolaca de sindicatos (Ogólnopolskie Porozumienie Związków Zawodowych o OPZZ). No obstante, Solidaridad estaba lejos de ser quebrada. Para inicios de 1983, la organización clandestina tenía más de 70.000 miembros, cuyas actividades incluían la publicación de más de 500 periódicos clandestinos denominados bibuła.  Durante la primera mitad de 1983, las protestas callejeras eran frecuentes. El 1 de mayo, dos personas fueron asesinadas en Varsovia y una en Wrocław; dos días más tarde, otros dos manifestantes fueron asesinados en Varsovia.
El 22 de julio de 1983, la ley marcial fue levantada y se otorgó amnistía a muchos miembros de Solidaridad encarcelados, quienes fueron liberados. El 5 de octubre, a Wałęsa se le concedió el Premio Nobel de la Paz.  El gobierno polaco, sin embargo, se negó a emitirle un pasaporte para viajar a Oslo; el premio de Wałęsa fue aceptado en su nombre por su esposa. Más tarde, resultó que la SB había preparado documentos falsos que acusaban a Wałęsa de realizar actividades inmorales e ilegales, documentos que habían sido entregados al comité del Nobel en un intento de dejar sin apoyo su nominación. 
El 19 de octubre de 1984, tres agentes del Ministerio de Seguridad Interna asesinaron a un popular sacerdote pro-Solidaridad, Jerzy Popiełuszko. Cuando se conocieron los hechos, miles de personas declararon su solidaridad con el sacerdote asesinado asistiendo a su funeral que se realizó el 3 de noviembre de 1984. El gobierno trató de suavizar la situación liberando a miles de prisioneros políticos;  sin embargo, un año más tarde, siguió una nueva ola de arrestos.  Frasyniuk, Lis y Adam Michnik, miembros de la "S" clandestina, fueron arrestados el 13 de febrero de 1985, procesados en un pseudo-juicio y sentenciados a varios años de prisión. 

Segunda etapa de Solidaridad (1988–89) 

El 11 de marzo de 1985, el poder en la Unión Soviética recayó en Mijaíl Gorbachov, un líder que representaba una nueva generación de miembros del partido comunista soviético. La situación económica empeoraba en todo el Bloque del Este, incluyendo la Unión Soviética. Junto con otros factores, esta situación forzó a Gorbachov a realizar varias reformas, no solamente en el campo económico (uskoréniye) sino también en el político y social (glásnost y perestroika). Pronto, las políticas de Gorbachov causaron un cambio correspondiente en las políticas de los satelites soviéticos, incluyendo la República Popular de Polonia.40
El 11 de setiembre de 1986, 225 prisioneros políticos polacos fueron liberados, los últimos de aquellos conectados con Solidaridad y que fueron arrestados los años previos.  Tras la amnistía del 30 de setiembre, Wałęsa creó la primera entidad pública, legal de Solidaridad, desde la declaración de la ley marcial: el Consejo temporal de NSZZ Solidarność (Tymczasowa Rada NSZZ Solidarność)—con Bogdan Borusewicz, Zbigniew Bujak, Władysław Frasyniuk, Tadeusz Jedynak, Bogdan Lis, Janusz Pałubicki y Józef Pinior. Poco después, el nuevo Consejo fue admitido en la Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres.  Muchas secciones locales de Solidaridad revelaron su cubierta en toda Polonia y, el 25 de octubre de 1987, se creó el Comité Ejecutivo Nacional de NSZZ Solidarność (Krajowa Komisja Wykonawcza NSZZ Solidarność). No obstante, los miembros de Solidaridad y los activistas continuaron siendo perseguidos y discriminados, aunque menos, durante inicios de la década de 1980. A fines de los 80s, aumentó la división entre la facción de Wałęsa y la organización más radical "Luchando por Solidaridad", ya que los primeros querían negociar con el gobierno, mientras que los últimos planeaban una revolución anticomunista. 
Para 1988, la economía de Polonia estaba en la peor condición de lo que había estado en los últimos ocho años. Las sanciones internacionales, combinadas con la falta de voluntad del gobierno para introducir reformas, intensificaron los problemas anteriores.  La economía planificada ineficientemente dirigida por el gobierno desperdiciaba mano de obra y recursos, al producir productos deficientes para los cuales había pocademanda. Las exportaciones polacas eran muy bajas, tanto debido a las sanciones como debido a que sus productos no eran atractivos en el exterior. La deuda externa y la inflación se incrementaron. No había fondos para modernizar fábricas y el prometido socialismo de mercado se materializaba en una economía de escasez, caracterizada por largas colas y estantes vacíos.  Las reformas puestas en marcha por Jaruzelski yMieczysław Rakowski fueron muy pocas y llegaron muy tarde, especialmente porque los cambios en la Unión Soviética habían reforzado la expectativa popular de que el cambio debía llegar y los soviéticos abandonaron sus esfuerzos para sostener un régimen fallido en Polonia.
En febrero de 1988, el gobierno aumentó los precios de los alimentos en un 40%. El 21 de abril, una nueva ola de huelgas golpeó el país.  El 2 de mayo, los trabajadores en el astillero de Gdansk entraron en huelga. Esta huelga fue interrumpida por el gobierno entre el 5 y el 10 de mayo, pero solo temporalmente. El 15 de agosto, una nueva huelga tuvo lugar en la mina del "Manifiesto de julio" en Jastrzębie-Zdrój.  Para el 20 de agosto, la huelga se había expandido hasta muchas otras minas y el 22 de agosto el astillero de Gdansk se unió a la huelga.  El gobierno comunista polaco decidió, entonces, negociar. 
El 26 de agosto, Czesław Kiszczak, el ministro del Interior, declaró en televisión que el gobierno estaba dispuesto a negociar, y cuatro días después se reunió con Wałęsa. Las huelgas terminaron el día siguiente y el 30 de octubre, durante un debate televisado entre Wałęsa y Alfred Miodowicz (líder del sindicato pro-gubernamental, el Acuerdo polaco de sindicatos), Wałęsa anotó una victoria en relaciones públicas. 
El 18 de diciembre, unos cien miembros formaron el Comité de ciudadanos (Komitet Obywatelski) al interior de Solidaridad. Comprendía varias secciones, cada una responsable de presentar un aspecto específico de las demandas de la oposición al gobierno. Wałęsa y la mayoría de los líderes de Solidaridad apoyaron la negociación, mientras que una minoría quería una revolución anticomunista. Bajo el liderazgo de Wałęsa, Solidarida decidió tratar de encontrar una solución pacífica y la facción pro-violencia nunca consiguió algún poder sustancial ni tomó ninguna acción. 
El 27 de enero de 1989, en una reunión entre Wałęsa y Kiszczak, se redactó una lista de los miembros de los equipos negociadores principales. La conferencia que empezó el 6 de febrero sería conocida como las negociaciones de la mesa redonda.  Los 56 participantes incluyeron a 20 de "S", 6 de OPZZ, 14 del PZPR, 14 "autoridades independientes" y dos sacerdotes. Las conversaciones de la mesa redonda tuvieron lugar en Varsoviua del 6 de febrero al 4 de abril de 1989. Los comunistas, liderados po el general Jaruzelski, esperaban cooptar a los líderes prominentes de la oposición al grupo gobernante sin hacer mayores cambios en la estructura de poder político. Solidaridad, si bien esperanzada, no anticipaba mayores cambios. De hecho, las conversaciones alterarían radicalmente la forma de la sociedad y del gobierno polaco. 
El 17 de abril de 1989, Solidaridad fue legalizada y sus miembros pronto llegaron a sumar un millón y medio. Se concedió permiso al Comité de ciudadanos de Solidaridad (Komitet Obywatelski "Solidarność") para presentar candidatos en las próximas elecciones. La ley electoral permitió a Solidaridad poner por anticipado candidatos solo para el 35% de los asientos del Sejm, pero no existían restricciones respecto a los candidatos para el Senat.  La agitación y la propaganda continuaron legalmente hasta el día de la elección. A pesar de sus escasos recursos, Solidaridad se las ingenió para realizar una campaña electoral.  El 8 de mayo, fue publicado el primer número del nuevo periódico pro-Solidaridad, la Gazeta Wyborcza.  A lo largo de todo el país aparecieron posters de Wałęsa supporting apoyando a varios candidatos.
Los sondeos de opinión previos a la elección habían anticipado una victoria para los comunistas.  Por ello, la derrota del Partido Obrero Unificado Polaco y sus partidos satélites cayó como una sorpresa a todos los involucrados: después de la primera ronda de elecciones, se hizo evidente que Solidaridad había salido extremadamente bien,  obteniendo 160 de los 161 asientos del Sejm en competencia y 92 de los 100 asientos del Senat. El nuevo Contrato Sejm, nombrado por el acuerdo que habían alcanzado el partido comunista y el movimiento Solidaridad durante las negociaciones de la mesa redonda, sería dominado por Solidaridad. Como estaba acordado de antemano, Wojciech Jaruzelski fue elegido presidente; sin embargo, el candidato comunista para primer ministro, Czesław Kiszczak, que reemplazaba a Mieczysław Rakowski,  no pudo obtener suficiente apoyo para formar un gobierno. 

El 23 de junio, se formó un Club parlamentario de ciudadanos de Solidaridad (Obywatelski Klub Parlamentarny "Solidarność"), liderado por Bronisław Geremek.49 Formaron una coalición con dos partidos ex-satélites delPZPR—ZSL y el SD—que había escogido "rebelarse" contra el PZPR, que se encontró a sí mismo en minoría. El 24 de agosto, el Sejm eligió a Tadeusz Mazowiecki, un representante de Solidaridad, para ser Primer Ministro de Polonia.  No era solo el primer Primer Ministro polaco no comunista desde 1945, sino que también se convirtió en el primer ministro no comunista en Europa del Este por casi 40 años. En su discurso, habó sobre la "gruesa línea" (Gruba kreska) que separaría a su gobierno del pasado comunista.  Para fines de agosto de 1989, se había formado un gobierno de coalición liderado por Solidaridad.

Las pinturas de Hitler

La historia es conocida: un joven austriaco con inclinaciones artísticas, específicamente pictóricas, huérfano de padre, acudió a Viena para inscribirse en una de las escuelas de arte más prestigiosas del circuito europeo, la Academia de Bellas Artes de la ciudad donde esperaba perfeccionar eso que creía un talento suyo. El adolescente, entonces con 18 años, sufrió sin embargo el rechazo de la institución, que por dos ocasiones (en 1907 y 1908) le negó la entrada por la simple razón de que adolecía de “ineptitud para la pintura”. El director le recomendó estudiar arquitectura, pero lamentablemente el joven carecía de la formación previa que le permitiera inclinarse hacia esta alternativa.
El incidente es uno de los favoritos de la llamada historia contrafáctica, aquella que elucubra una secuencia histórica hipotética a partir de un suceso que pudo haber sido. Como sabemos, el joven de la historia es Adolf Hitler, personificación de la maldad por mucho tiempo, insoslayablemente, unos de los líderes más temibles que han existido en la historia del poder político.
¿Qué hubiera pasado si el juicio de la academia hubiera sido menos estricto? ¿Ahora Adolf Hitler sería un nombre más en la historia de la pintura occidental?
Por otro lado, igualmente resulta interesante reflexionar sobre la noción de “juicio estético”: ¿cómo afecta nuestra percepción sobre determinada acuarela o dibujo saber que su autor es Adolf Hitler? ¿Lo consideramos más o menos “bello”? ¿O ni siquiera admitimos que esa categoría pueda aplicarse a una obra suya?

Los descendientes de Hitler que pactaron no tener hijos para hacer desaparecer el linaje del 3er Reich

William Hitler, sobrino de Adolf, en EUA
El apellido Hitler lleva en sí la marca de un pasado dolorosamente reciente: como el nombre de Judas o Calígula, Hitler deja de ser un nombre propio para convertirse en un parámetro del mal, que mediante sucesivas apropiaciones y reapropiaciones históricas deja poco lugar para el personaje histórico y contiene –pues que eso hacen irremediablemente las palabras– siempre más de lo que dice.
¿Cómo, pues, llevar el apellido Hitler? La supervivencia de su línea de sangre se remonta a cinco miembros actuales: Peter Raubal y Heiner Hochegger, hijos de la media hermana de Adolf, Angela Hitler, y Alexander, Louis y Brian Stuart-Houston, hijos de otro medio hermano, Alois Hitler Jr.
Jean-Marie Loret, nacido en 1918 y muerto sin descendencia en 1989 fue convencido por su madre de que su padre era Adolf Hitler, pero luego de pruebas de ADN se demostró que esto no era cierto, por lo que se ha descartado que Hitler tuviese descendencia directa. ¿Pero qué hay de los demás miembros de la familia?
Peter Raubal tiene 82 años al día de hoy, es ingeniero retirado y a su edad no parece tener planes de procrear una familia. Heiner Hochegger está en una situación similar, a los 68. Los hermanos Stuart-Houston viven en Estados Unidos y son descendientes de William Hitler, viviendo en un retiro autoimpuesto y evitando a los “cazahitlers” que durante años han tratado de saber qué se siente ser uno de los últimos descendientes de su trístemente célebre tío abuelo Adolf.
Luego de tratar de chantajear infructuosamente a su tío Adolf (e incluso haciendo giras por Inglaterra y la Alemania previa a la 2a Guerra Mundial con el fin de ganar dinero a costa suya), William Hitler cambió su apellido a Stuart-Houston y se exilió en Nueva York, donde se nacionalizó e incluso sirvió bajo los Aliados durante la guerra. Fue herido en batalla, pero como sus descendientes se enterarían, la herida más dolorosa fue llevar el nombre Hitler. 
Alexander, Louis y Brian Stuart-Houston tienen entre 48 y 64 años, y aunque dados los avances médicos de nuestros días no sería del todo impensable que procrearan, los tres han hecho un pacto tácito de no hacerlo. David Gardner, autor del libro The Last of the Hitlers, encontró a los hermanos Stuart-Houston durante los 90, y explica en qué consiste el acuerdo de terminar con la línea de sangre del temido Führer:
“Ellos no firmaron un pacto, sino lo que hicieron fue hablar entre ellos, hablar sobre la carga que todos tenían respecto al pasado en sus vidas, y decidieron que ninguno de ellos se casaría, [que] ninguno de ellos tendría hijos. Y ese es un pacto que han conservado hasta este día.”
 Por otra parte, los Hytler, Heidler y Hüttler son parientes lejanos de los padres de Adolf por línea paterna. Algunas familias viven en Austria todavía

EL HOMBRE QUE FUSILO......SE DEFECÓ EN LOS PNTALONES.

!QUE VALOR..... PERO QUE PURO MACHO!

Cuba: Un ex-fusilador arrepentido

La Habana/ 22-11-2013
Por: Michel Iroy Rodríguez
Foto-del-fusilador-arrepentido 

Juan Lázaro Ávila Herrera, un impedido físico (tiene lisiada la pierna derecha), está arrepentido de haber pertenecido en su juventud a un pelotón de fusilamiento en la fortaleza de La Cabaña.
Cuando militaba en la Asociación de Jóvenes Rebeldes,  con tan solo 18 años,  fue captado  para  pertenecer a los pelotones de fusilamiento. Recuerda que junto a él captaron a un grupo de 23 jóvenes, todos con edades  entre 16 y 20 años.

Según afirma, a veces los ejecutores se apoderaban de sortijas y otras prendas de los fusilados.
Una vez fue acusado de contrarrevolución y llevado a la prisión del Príncipe. Cuenta  que en el juicio estaba tan asustado que se defecó en los pantalones. Pensó que sería fusilado, pero salió absuelto. A  pesar de ello, luego que salió de la cárcel,  durante una semana tuvo que ir a firmar   todos los días a una unidad de la policía.


“Estuve infiltrado en  una banda contrarrevolucionaria y participé en varios  operativos. En uno de ellos detuve a un cura, a  quien le fueron confiscados en el sótano de la iglesia,  explosivos y armas, además de un mapa donde estaban plasmados los  lugares que serían volados”, refiere.

Dice estar arrepentido de haber estado a punto de asesinar  a un hombre llamado José Díaz cuando lo detuvo  en su vivienda, donde le ocuparon 14 AK y varias pistolas Makarov. “Le puse la pistola en la frente y apreté el gatillo. Si no lo maté, fue porque el arma se trabó”, dijo.

Fungió como investigador del MININT en la unidad policial de Guanabacoa,  atendiendo  casos de robos de autos y violaciones en la zona de las  playas del este de la capital. Recuerda que una vez, cuando  investigaba un caso de violación  de una  menor de 12 años, se violentó y  con   la culata de su pistola golpeó en la cabeza  al detenido que interrogaba.

Ávila perteneció además a la  Marina Mercante. Dice haber transportado armas y azúcar a varios países, entre ellos  Angola, Nicaragua y Honduras. Afirma que a este último país, una vez fueron enviadas  10 mil  toneladas de azúcar, que no fueron para el pueblo hondureño sino que fueron transportadas a un barco norteamericano que se encontraba fondeado cerca de su barco.
“Fue un error haberle dedicado casi toda  mi vida a la revolución. Me pregunto a cada instante para qué luché”, dijo a este reportero.

Ávila Herrera se retiró con 279 pesos de pensión. Vive agregado en una vivienda que  es un pasillo con cocina y baño. Se decidió a contar su historia a la prensa independiente porque se siente muy decepcionado con el gobierno al que sirvió y por el que estuvo dispuesto a morir y matar.

URL: http://vozdesdeeldestierro.juancarlosherreraacosta.over-blog.es/article-cuba-un-ex-fusilador-arrepentido-121242795.html

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NOTA DE NET FOR CUBA: Nuestra intención al publicar esta noticia, fue demostrar de qué manera terminan todos aquellos que dedican su triste existencia a servir como perros a una dictadura asesina, así terminan: sólos, miserables y con lo que les queda de conciencia remordida. Y todo eso, bajo la cobija del mismo régimen a quienes sirvieron y se humillaron. Y esa es la suerte que espera a todos aquellos que hoy continuan haciendo daño dentro de la isla a nombre de la mal llamada revolución, así les pagará el tirano al que sirvieron un día. Y esto sin contar que cuando venga el fin de la dictadura, todos tendrán que encarar los tribunales competentes y pagar ante ellos sus culpas.

HASTA AQUI LA NOTICIA. PERO NO DEN EXPLICACIONES QUE NO LA TIENEN.
¿ARREGLANDO EL POTAGE AHORA?


!QUE GRAN NOTICIA! 

!ES COMO PARA DARLE EL PREMIO NOBEL EN VALOR Y CORAJE! 

SERVIRIA PARA ANUNCIAR PAMPERS

"FUSILE Y DESPUES DEFEQUESE"


 VIVA CRITO REY
Cabrón.

 

Los seres humanos: ¿un cáncer para el planeta?, Leonardo Boff

Hay negacionistas de la Shoah (eliminación de millones de judíos en los campos nazis de exterminio) y hay negacionistas de los cambios climáticos de la Tierra. Los primeros reciben el desprecio de toda la humanidad; los segundos, que hasta hace poco sonreían cínicamente, ahora ven día a día que sus convicciones están siendo refutadas por hechos innegables. Sólo se mantienen coaccionando a algunos científicos para que no digan todo lo que saben, como ha sido denunciado por diferentes y serios medios alternativos de comunicación. Es la razón enloquecida que busca la acumulación de riqueza sin ninguna otra consideración.
En tiempos recientes hemos conocido eventos extremos de la mayor gravedad: los huracanes Katrina y Sandy en Estados Unidos, tifones terribles en Paquistán y Bangladesh, el tsunami del Sudeste de Asia, el tifón de Japón que dañó peligrosamente las centrales nucleares de Fukushima y hace pocos días el avasallador tifón Haiyan en Filipinas que ha dejado miles de víctimas.
Hoy se sabe que la temperatura del Pacífico tropical, de donde nacen los principales tifones, estaba normalmente por debajo de los 19,2°C. Las aguas marítimas se han ido calentando hasta el punto de quedar hacia el año 1976 en 25°C y a partir de 1997/1998 alcanzaron los 30°C. Tal hecho produce gran evaporación de agua. Los eventos extremos ocurren a partir de los 26°C. Con el calentamiento, los tifones aparecen con más frecuencia y con vientos de mayor velocidad. En 1951 eran de 240 km/h; en 1960-1980 subieron a 275 km/h; en 2006 llegaron a 306 km/h y en 2013 a los terroríficos 380 km/h.
En los últimos meses cuatro informes oficiales de organismos ligados a la ONU lazaron una vehemente alerta sobre las graves consecuencias del creciente calentamiento global. Está comprobado, con un 90% de seguridad, que es provocado por la actividad irresponsable de los seres humanos y de los países industrializados.
Lo confirmó en septiembre el IPPC (Panel Intergubernamental para el Cambio Climático) que articula a más de mil científicos; lo mismo ha hecho el Programa del Medio Ambiente de la ONU (PNUMA); enseguida el Informe Internacional del Estado de los Océanos denunció el aumento de la acidez, que por eso absorbe menos C02; finalmente el 13 de noviembre en Ginebra la Organización Meteorológica Mundial. Todos son unánimes en afirmar que no estamos yendo hacia el calentamiento global, sino que estamos ya dentro de él. Si en los inicios de la revolución industrial la concentración de CO2 era de 280 ppm (partes por millón), en 1990 se elevó a 350 ppm y hoy ha llegado a 450 ppm. En este año se ha dado la noticia de que en algunas partes del planeta ya se rompió la barrera de los 2°C, lo que puede acarrear daños irreversibles para los demás seres vivos.
Hace pocas semanas, a la Secretaria Ejecutiva de la Convención de la ONU sobre el Cambio Climático, Christiana Figueres, en plena entrevista colectiva se le saltaron las lágrimas al denunciar que los países no hacen casi nada para la adaptación y la mitigación del calentamiento global. Yeb Sano de Filipinas, en la 19ª Cumbre del Clima de Varsovia realizada del 11 al 22 de noviembre, lloró ante los representantes de 190 países contando el horror del tifón que había devastado su país, alcanzando a su misma familia. La mayoría no pudo contener las lágrimas. Pero para muchos eran lágrimas de cocodrilo. Los representantes ya traen en su cartera las instrucciones preparadas previamente por sus gobiernos, y los grandes dificultan de muchas maneras cualquier consenso. Allí están también los dueños del poder en el mundo, dueños de las minas de carbón, muchos accionistas de petroleras o de siderurgias movidas por carbón, de industrias de montaje y otros. Todos quieren que las cosas sigan como están. Es lo peor que nos puede pasar, porque entonces el camino hacia el abismo se vuelve más directo y fatal. ¿Por qué esa irracional oposición?
Vayamos directos a la cuestión central: este caos ecológico se lo debemos a nuestro modo de producción que devasta la naturaleza y alimenta la cultura del consumismo ilimitado. O cambiamos nuestro paradigma de relación con la Tierra y con los bienes y servicios naturales o vamos irrefrenablemente al encuentro de lo peor. El paradigma vigente se rige por esta lógica: ¿cuánto puedo ganar con la menor inversión posible en el más corto lapso de tiempo con innovación tecnológica y con mayor potencia competitiva? La producción está dirigida al puro y simple consumo que genera acumulación, siendo esta el objetivo principal. La devastación de la naturaleza y el empobrecimiento de los ecosistemas ahí implicados son meras externalidades (no entran en la contabilidad empresarial). Como la economía neoliberal se rige estrictamente por la competición y no por la cooperación, se establece una guerra de mercados, de todos contra todos. Quien paga la cuenta son los seres humanos (injusticia social) y la naturaleza (injusticia ecológica).
Ocurre que la Tierra no aguanta más este tipo de guerra total contra ella. Necesita un año y medio para reponer lo que le arrancamos en un año. El calentamiento global es la fiebre que denuncia que está enferma, gravemente enferma.
O comenzamos a sentirnos parte de la naturaleza y entonces la respetamos como a nosotros mismos, o pasamos del paradigma de la conquista y de la dominación al del cuidado y de la convivencia y producimos respetando los ritmos naturales y dentro de los límites de cada ecosistema, o si no preparémonos para las amargas lecciones que la Madre Tierra nos dará. Y no se excluye la posibilidad de que ella no nos acepte más y se libere de nosotros como nos liberamos de una célula cancerígena. Ella puede continuar, cubierta de cadáveres, pero sin nosotros. Que Dios no permita semejante trágico destino.
- Leonardo Boff es Teólogo-Filósofo y autor de Proteger a Terra e cuidar da vida: como escapar do fim do mundo, Record, Rio de Janeiro 2011.

Por qué necesitamos una eco-revolución, Naomi Klein


En diciembre de 2012, un investigador de sistemas complejos con el pelo teñido de rosa, Brad Werner, se abrió camino entre una multitud de 24.000 geólogos y astrónomos en el Congreso de otoño de la Unión Geofísica Americana que se celebra cada año en San Francisco. Las conferencias de este año acogían participantes de renombre, desde Ed Stone, del proyecto Voyager de la NASA, que explicaba un nuevo hito en el camino hacia el espacio interestelar, hasta el director de cine James Cameron, que compartía con los asistentes sus aventuras en batiscafos de profundidad. Sin embargo, fue la sesión del propio Werner la que levantó más controversia. Tenía por título “¿Está la tierra jodida?” (título completo: “¿Está la tierra jodida? Inutilidad dinámica de la gestión medioambiental y posibilidades de sostenibilidad a través del activismo de acción directa.”). De pie en la sala de conferencias, el geofísico de la Universidad de California en San Diego, mostró a la gente el avanzado modelo informático que estaba usando para responder a dicha pregunta. Habló de los límites del sistema, de perturbaciones, disipaciones, puntos de atracción, bifurcaciones y de un puñado de muchas otras cosas que son tan difíciles de comprender para quienes somos legos en la teoría de los sistemas complejos. No obstante, el tema de fondo estaba más que claro: el capitalismo global ha hecho que la merma de los recursos sea tan rápida, fácil y libre de barreras que, en respuesta, “los sistemas tierra-humanos” se están volviendo peligrosamente inestables. Cuando un periodista le presionó para que diera una respuesta clara sobre la pregunta “¿estamos jodidos?”, Werner dejó a un lado su jerga para contestar: “más o menos”. Sin embargo, había una dinámica en el modelo que ofrecía alguna esperanza. Werner lo denominó “resistencia”: movimientos de “gente o grupos de gente” que “adoptan un cierto tipo de dinámicas que no encajan con la cultura capitalista”. Según el resumen de su comunicación, esto incluye “acción directa medioambiental y resistencia proveniente de más allá de la cultura dominante, como las protestas, bloqueos y sabotajes perpetrados por indígenas, trabajadores, anarquistas y otros grupos activistas.” Las reuniones científicas serias, normalmente, no implican llamadas a la resistencia política en masa, mucho menos acciones directas y sabotajes. No es que Werner estuviera exactamente convocando estas acciones. Simplemente tomaba nota de que los levantamientos en masa de la gente (en la línea del movimiento abolicionista, de los derechos civiles o del “Ocupa Wall Street”) representan la fuente más probable de “fricción” a la hora de ralentizar una máquina económica que está escapando a todo control. Sabemos que los movimientos sociales del pasado han tenido una “tremenda influencia en… cómo la cultura dominante ha evolucionado”, señaló. Así que es lógico que “si pensamos en el futuro de la tierra, y en el futuro de nuestro acoplamiento al medio ambiente, tenemos que incluir la resistencia como parte de la dinámica.” Y eso –argumentó Werner-, no es una cuestión de opinión, sino un “verdadero problema de geofísica”. Muchos científicos se han visto forzados a salir a la calle por los resultados de sus descubrimientos. Físicos, astrónomos, doctores en medicina y biólogos se han situado al frente de movimientos contra las armas nucleares, la energía nuclear, la guerra, la contaminación química y el creacionismo. Así, en noviembre de 2012, la revista Nature publicó un comentario del financiero y filántropo medioambiental Jeremy Grantham, urgiendo a los científicos a unirse a esta tradición y a “ser arrestados si fuera necesario”, porque el cambio climático “no es solo la crisis de vuestras vidas: es también la crisis de la existencia de nuestra especie.”. No hace falta convencer a algunos científicos. El padrino de la moderna ciencia climática, James Hansen, es un activista formidable que ha sido arrestado alrededor de media docena de veces por su lucha por el cierre de las minas de carbón en las cimas de las montañas y contra los gaseoductos de gas de esquisto (incluso este año dejó su trabajo en la NASA, en parte para tener más tiempo libre para sus campañas). Hace dos años, cuando fui arrestada en las inmediaciones de la Casa Blanca en una acción masiva contra el gaseoducto de gas de esquisto Keystone XL, una de las 166 personas que había sido esposada ese día era un glaciólogo llamado Jason Box, un experto sobre el derretimiento de la capa de hielo de Groenlandia mundialmente reconocido. “No podía seguir respetándome a mí mismo si no iba,” dijo Box en aquel momento, añadiendo que “parece que, en este caso, no es suficiente con votar. También necesito ser un ciudadano”. Es admirable. Pero lo que Werner está haciendo con su modelo es diferente. Él no está diciendo que su investigación le llevara a tomar parte activa contra una política en particular; lo que está diciendo es que su investigación muestra que todo nuestro paradigma económico es un desafío a la estabilidad ecológica. Y, claro está, desafiar este paradigma económico con un movimiento de masas reactivo resulta la mejor baza humana para evitar la catástrofe. Eso es muy fuerte. Pero no está solo. Werner forma parte de un pequeño pero cada vez más influyente grupo de científicos cuyas investigaciones en el campo de la desestabilización de los sistemas naturales (de los sistemas climáticos, en particular) les está llevando a conclusiones transformativas, incluso revolucionarias, similares. Y para cualquier revolucionario en el armario que alguna vez haya soñado con derrocar el actual orden económico a favor de algún otro que como mínimo no lleve a los pensionistas italianos a colgarse en sus casas, este trabajo debería serle de un especial interés. En gran medida, porque hace que cruzar el abismo entre este cruel sistema y otro nuevo (tal vez, con mucho trabajo, un sistema mejor) no sea ya una mera cuestión de preferencia ideológica, sino más bien de una exigencia para la existencia de nuestra especie en este mundo. Al frente de este grupo de nuevos científicos revolucionarios se encuentra uno de los máximos expertos en cuestiones climáticas en Gran Bretaña, Kevin Anderson, director adjunto del Centro Tyndall para la Investigación del Cambio Climático, que en muy poco tiempo se ha situado como una de los centros de investigación sobre el clima más importantes en el Reino Unido. Dirigiéndose a todos, desde el Departamento para el Desarrollo Internacional hasta el Ayuntamiento de Manchester, Anderson se ha pasado más de una década popularizando pacientemente los resultados de la ciencia climática más moderna a políticos, economistas y activistas. En un lenguaje claro y comprensible, ha ofrecido una rigurosa hoja de ruta para la reducción de la emisión de gases contaminantes que persigue frenar el aumento de la temperatura global a menos de 2 grados centígrados, objetivo que la mayoría de los gobiernos consideran imprescindible para evitar la catástrofe. Sin embargo, en los últimos años, los documentos y las diapositivas de Anderson se han ido haciendo más alarmantes. Con títulos como “El cambio climático: más allá de lo peligroso… Cifras brutales y esperanzas endebles”, señala que las probabilidades de quedarse en algo parecido a unos niveles de temperatura seguros están disminuyendo rápidamente. Junto con su colega, Alice Bows, experta en control climático en el Centro Tyndall, Anderson señala que hemos perdido tanto tiempo con políticas ambiguas y con tímidos programas climáticos (mientras las emisiones globales crecían sin control), que ahora tenemos que enfrentarnos a recortes tan drásticos que incluso llegan a desafiar la lógica fundamental de priorizar el crecimiento del PIB por encima de todo. Anderson y Bows informan de que el tan a menudo citado objetivo de reducción a largo plazo (un recorte de más de un 80% de las emisiones de 1990 para el 2050) ha sido fijado por razones de conveniencia política y que no tiene “ninguna base científica”. Esto es debido a que los impactos sobre el clima no provienen de lo que emitamos hoy o mañana, sino del cúmulo de emisiones que se han ido sumando en la atmósfera a lo largo del tiempo. Además, avisan de que centrarse en objetivos de aquí a tres décadas y media –en lugar de enfocarlos hacia lo que podemos hacer para recortar carbono de forma tajante e inmediata- supone un grave riesgo de seguir permitiendo que las emisiones aumenten vertiginosamente en los próximos años, y que de ese modo se superará con creces nuestro “objetivo de carbono” hasta los 2 grados centígrados, y, entrado el siglo, nos encontraremos ante una tesitura imposible de encarar. Esta es la razón por la que Anderson y Bows argumentan que, si los gobiernos de los países desarrollados se muestran serios a la hora de alcanzar el acordado objetivo internacional de mantener el calentamiento por debajo de los 2 grados centígrados, y siempre que las reducciones vayan a respetar cualquier tipo de principio equitativo –básicamente, que los países que han estado arrojando carbono durante casi dos siglos necesitan recortar sus emisiones antes que los países en los que más de mil millones de personas todavía no tienen electricidad-, entonces, las reducciones deben ser mucho más profundas y tienen que llegar mucho antes. Incluso disponiendo de una probabilidad de 50/50 de alcanzar el objetivo de los 2 grados (la cual, como ellos y muchos otros avisan, ya implica enfrentarse a una serie de impactos climáticos bastamente dañinos), los países industrializados necesitan empezar a recortar sus emisiones de gases de efecto invernadero alrededor de un 10 por ciento al año. Y deben empezar ya. No obstante, Anderson y Bows dan un paso más, al señalar que este objetivo no puede lograrse con modestas penalizaciones por emisión de carbono o con las soluciones ofrecidas por la tecnología ecológica, normalmente defendidas por las grandes “corporaciones verdes”. Desde luego que estas medidas pueden ayudar, pero no son suficientes: una reducción del 10 por ciento en las emisiones, año tras año, resulta inaudita desde el momento en que empezamos a energizar nuestras economías con carbón. De hecho, los recortes por encima de un 1 por ciento al año “se han visto históricamente asociadas a recesiones económicas o a crisis políticas”, tal y como indicó el economista Nicholas Stern en su informe de 2006 para el gobierno británico. Ni siquiera con la desintegración de la Unión Soviética hubo reducciones de tal duración y profundidad (los países soviéticos experimentaron un promedio de reducciones anuales de apenas un 5 por ciento en un período de diez años). Tampoco ocurrieron tras el crack de Wall Street en 2008 (los países ricos experimentaron un descenso de un 7 por ciento de emisión entre 2008 y 2009, pero sus emisiones de CO2 remontaron fuertemente en 2010, y las emisiones en China y en la India han seguido creciendo). Solo después de la gran crisis de 1929, los Estados Unidos vieron, por ejemplo, como las emisiones descendían durante varios años consecutivos más de un 10 por ciento anual, según los datos históricos del Centro de Análisis e Información de Dióxido de Carbono. Pero esa fue la peor crisis económica de los tiempos modernos. Si queremos evitar ese tipo de carnicerías a la hora de lograr nuestros objetivos con base científica en las emisiones, la reducción del carbono debe gestionarse con cuidado a través de lo que Anderson y Bows describen como “estrategias de decrecimiento radicales e inmediatas en EEUU, la UE y en otras naciones ricas”. Lo que está muy bien, si no fuera por el hecho de que resulta que tenemos un sistema económico que fetichiza el crecimiento del PIB sobre todo lo demás, sin importar las consecuencias humanas o ecológicas, y en el que la clase política neoliberal hace tiempo que ha rechazado su responsabilidad de gestionar nada (ya que el mercado es el genio invisible a lo que todo debe ser confiado). Así que lo que Anderson y Bows están realmente diciendo es que todavía queda tiempo para evitar un calentamiento catastrófico, pero no según las reglas del capitalismo tal y como hoy se plantean. Algo que tal vez sea el mejor argumento que jamás hayamos tenido para cambiar esas reglas. En un ensayo de 2012 aparecido en la influyente revista científica Nature Climate Change, Anderson y Bows lanzaron un guante, acusando a muchos de sus colegas científicos de no ser transparentes a la hora de exponer los cambios que el cambio climático precisa de la humanidad. Vale la pena citarles por extenso: “…a la hora de desarrollar los marcos de emisión de gases, los científicos constantemente subestiman las implicaciones de sus análisis. Cuando se trata de la cuestión de evitar el aumento de los 2 grados centígrados, se traduce “imposible” por “difícil, pero se puede hacer”; “urgente y radical”, por “desafío”: todo para apaciguar al dios de la economía –o, más concretamente, al de las finanzas-. Por ejemplo, para evitar salirse del porcentaje máximo de reducción de emisiones dictado por los economistas, se asumen los anteriores niveles máximos “de forma imposible”, junto con ingenuas nociones de “alta” ingeniería y con las tasas de utilización de infraestructuras bajas en carbón. Y lo más inquietante es que cuanto más menguan los presupuestos sobre emisiones, más se propone la geoingeniería para asegurar que el dictado de los economistas permanezca incuestionable”. En otras palabras, para aparecer razonable en los círculos económicos neoliberales, los científicos han estado haciendo la vista gorda de manera escandalosa con las consecuencias derivadas de sus investigaciones. Hacia agosto de 2013, Anderson estaba dispuesto a ser incluso más tajante, al escribir que habíamos perdido la oportunidad de cambios graduales. “Tal vez, durante la Cumbre sobre la Tierra de 1992, o incluso en el cambio de milenio, el nivel de los 2 grados centígrados podrían haberse logrado a través de significativos cambios evolutivos en el marco de la hegemonía política y económica existentes. Pero el cambio climático es un asunto acumulativo. Ahora, en 2013, desde nuestras naciones altamente emisoras (post-) industriales nos enfrentamos a un panorama muy diferente. Nuestro constante y colectivo despilfarro de carbono ha desperdiciado toda oportunidad de un “cambio evolutivo” realista para alcanzar nuestro anterior (y más amplio) objetivo los 2 grados. Hoy, después de dos décadas de promesas y mentiras, lo que queda del objetivo de los 2 grados exige un cambio revolucionario de la hegemonía política y económica” (la negrita es suya). Probablemente no debería sorprendernos que algunos climatólogos estén un poco asustados por las consecuencias radicales de sus propias investigaciones. La mayoría de ellos solo estaban haciendo tranquilamente su trabajo, midiendo núcleos de hielo, elaborando sus modelos de climatología global y estudiando la acidificación de los océanos, hasta llegar a descubrir, tal y como dijo el experto climatólogo australiano Clive Hamilton, que “estaban, sin quererlo, desestabilizando el orden social y político”. Sin embargo hay mucha gente bien informada de la naturaleza revolucionaria de la climatología. Es la razón por la que algunos gobiernos que han decidido tirar a la basura sus compromisos con el clima para seguir produciendo más carbón han tenido que encontrar maneras todavía más bestias para acallar e intimidar a sus propios científicos. En Gran Bretaña, esta estrategia se está haciendo más patente en el caso de Ian Boyd, el principal consejero científico del Departamento de Medio Ambiente, Alimentación y Asuntos Rurales, al escribir hace poco que los científicos deberían evitar “sugerir que políticas son buenas o malas” y que deberían expresar sus puntos de vista “colaborando con asesores oficiales (como yo mismo), y siendo la voz de la razón, más que de la disidente, en el ámbito público”. Para saber a dónde conduce esto, solo hace falta mirar lo que ocurre en Canadá, donde vivo. El gobierno conservador de Stephen Harper ha hecho un trabajo tan eficaz a la hora de amordazar científicos y cerrar proyectos de investigación críticos que, en julio de 2012, un par de miles de científicos y simpatizantes celebraron un funeral bufo ante el Parlamento en Ottawa, quejándose de “la muerte de la evidencia”. Sus carteles decían: “no hay ciencia, no hay evidencia, no hay verdad.”. Pero la verdad siempre reluce. El hecho de que el negocio-habitual-de-búsqueda-de beneficios y crecimiento este desestabilizando la vida en la tierra ya no es algo que tengamos que leer en las revistas científicas. Los primeros síntomas se están desplegando ante nuestros ojos. Y el número de personas que están reaccionando también crece a medida que sucede: bloqueando las explotaciones de gas de esquisto en Balcombe, interfiriendo en las perforaciones en el Ártico en aguas rusas (a un tremendo coste personal); llevando a juicio a las compañias de energías bituminosas por violar la soberanía indígena, entre otros muchos incontables actos de resistencia, grandes y pequeños. En el modelo informático de Brad Werner, esta es la “fricción” que se necesita para frenar las fuerzas de desestabilización. El gran activista del clima Bill McKibben lo llama los “anticuerpos” que se producen para luchar contra la “fiebre alta” del planeta. No es una revolución, pero es un comienzo. Y puede que nos consiga el tiempo suficiente para imaginar una manera de vivir en este planeta que sea claramente menos jodida. Naomi Klein es autora de La doctrina del shock y No Logo, está trabajando en un libro y una película sobre el poder revolucionario del cambio climático. Fuente: sinpermiso